Nº 1.718 – 4 de Junio de 2017

Este es el día que hizo el Señor.

Este día es para ti.

Mañana, con el favor de Dios, también lo será.

Dios ha prometido aumentar nuestras fuerzas.

Sólo tenemos que levantarnos y ser valientes.

Joel 3:10:

“Forjad espadas de vuestros azadones,

Lanzas de vuestras hoces,

Y diga el débil: ¡Fuerte soy!”

Salmo 91:2:

“Diré yo al Señor:

Esperanza mía y Castillo mío,

Mi Dios en quien confiaré.”

Proverbios 18:10:

“Fuerte Torre es el Nombre del Señor;

a ella corre el justo

y se siente seguro.”

2º Samuel 22:2:

“El Señor es mi Roca, mi Fortaleza

y mi Libertador.

Mi Dios, mi Roca en quien me refugio;

Mi Escudo y el Cuerno de mi Salvación;

Mi Altura inexpugnable y mi Refugio;

Salvador mío,

Tú me salvas de la violencia.”

Salmo 61:3:

“Llévame a la Roca que es más alta que yo,

porque tú has sido mi Refugio

y Torre Fuerte delante del enemigo.”

Proverbios 14:26:

“En el Temor del Señor está la Firme Confianza,

la Esperanza para sus hijos.”

Proverbios 29:25:

“El temor al hombre es un lazo,

pero el que confía en el Señor estará seguro.”

Mantengamos nuestras metas a la vista hoy y siempre, y procuremos alcanzarlas.

Puede que estemos mucho más cerca de conseguirlas de lo que imaginamos. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.717 – 28 de Mayo de 2017

Le preguntaron a una hermana muy enferma si quería morir o vivir, a cuya pregunta respondió que ella siempre aceptaría lo que Dios quisiera.

Insistieron en la pregunta, replanteándosela: “Si Dios lo dejara a su voluntad para decidir, ¿qué escogería?”

La hermana respondió: “Si Dios me dejara escoger, yo le volvería dejar a Él decidir.”

Esta es una actitud verdaderamente hermosa y admirable: Saber que Dios es quien tiene la última palabra en todo momento, incluso estando al borde de la muerte.

Muchos hermanos han sido erróneamente enseñados a creer que la voluntad de Dios es como jugar a la búsqueda de un tesoro que Dios hubiera escondido para que nosotros luchemos arduamente por descubrir dónde se encuentra.

Millones creen que el Señor nos propone buscar su voluntad como si estuviéramos jugando al “ratón y al gato”.

Ese es uno de los muchos engaños del maligno, quien siempre procura, de manera más o menos sutil, deteriorar la imagen de Dios.

Nuestra tarea NO es buscar la voluntad de Dios. La tarea de Dios es revelarla, y la nuestra es ser receptivos y estar listos para recibirla, acogerla y obedecerla.

La Biblia nos lo recuerda asegurándonos que Dios nos hará entender su voluntad si nuestra disposición es la de ponerla en la práctica.

Salmo 32:8: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.”

Salmo 143:10: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud.”

Mateo 6:10: “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”

“Hágase tu voluntad”: Esa es la clave fundamental para comprender que no estamos ante un jeroglífico difícil de interpretar, sino que la voluntad de Dios es revelada por el Señor, y que lo que nos corresponde a nosotros es anhelar esa voluntad en nuestra vida con actitud de recibirla y cumplirla bajo su gracia y providencia.

Recordemos las palabras de nuestro bendito Señor y Salvador ante las puertas de su pasión: Lucas 22:42: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.716 – 21 de Mayo de 2017

La risa es un fenómeno verdaderamente risueño, valga la redundancia.

No sólo es un recurso gratuito, aunque a algunas personas les cueste mucho dibujar siquiera una sonrisa en sus labios, sino que también pertenece a la clasificación de lo que podríamos denominar  “energías renovables”.

Hay quienes procuran no sonreír para que no les salgan arrugas en el riostro. ¡Pobres!

La risa, entre muchos otros beneficios, puede actuar como  elemento equilibrador de nuestras fuerzas tras un día agotador, ayudando a que vuelva la energía al espíritu decaído.

La risa también alivia la pesada carga de la tristeza, el dolor y el sufrimiento.

No hay un aburrimiento tedioso de mayor calado que la ausencia de la risa.

Además, la risa posee en sí una tasa de rendimiento realmente insuperable.

Podemos obtener resultados muy positivos cuando nos reímos “con otros” en lugar de hacerlo “de otros”.

También conviene tener presente que debemos comenzar por procurar reírnos en ocasiones de nosotros mismos.

Las Sagradas Escrituras contienen muchos textos sobre los beneficios que se derivan de la alegría, del espíritu gozoso y del ánimo elevado.

Vamos a ver unos ejemplos:

Proverbios 17:22: “El corazón alegre constituye un buen remedio (literalmente “un buena medicina”), pero el espíritu triste (literalmente “el espíritu quebrantado”) seca los huesos.” Hoy diríamos, acelera la artrosis.

Salmo 22:14-15: “He sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mí. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar.”

Proverbios 18:14: El ánimo el hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?”

El humor es una de las capacidades con que Dios ha dotado al ser humano.

Cuando es humor sano transmite sanidad, controla la preocupación y alivia las cargas de la tristeza.

Necesitamos aprender a reír más y más frecuentemente.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.715 – 14 de Mayo de 2017

Los científicos dicen que no puede ocurrir. La teoría de la aerodinámica es muy clara. Los abejorros no pueden volar por causa de su tamaño y la forma de su cuerpo, el cual no está constituido en relación con las dimensiones de sus alas. Esto hace que aerodinámicamente no pueda volar.

Se trata de un insecto demasiado pesado, ancho y largo para volar con unas alas tan pequeñas. Esa es la conclusión del científico sobre el diseño del abejorro. Y, sin embargo, el abejorro vuela.

Cuando Dios nos diseñó,  fuimos creados y equipados para vivir la vida que tenemos por delante. El Señor conoce los planes que tiene para nuestra vida.

Dios creó al abejorro y lo enseñó a volar. Y evidentemente el abejorro nunca le ha preguntado a Dios por los problemas de las aerodinámica.

El abejorro sencillamente voló. Tampoco le preguntó a Dios si sabía lo que estaba haciendo. Simplemente voló.

No le preguntó a Dios si lo amaba al darle unas alas muy pequeñas. Pero el abejorro voló, y lo sigue haciendo.

Dios ha prometido estar con nosotros, enseñarnos, guiarnos, ser nuestra roca. Todo lo que nosotros tenemos que hacer es confiar y obedecer.

Dios no está limitado por nuestra comprensión de cómo suceden las cosas. Sólo porque no veamos algo, no significa que no sea real.

Por eso nos dice la Biblia que la fe es la substancia de las cosas que no se ven. A veces la vida es inexplicable y sucede lo aparentemente imposible.

Necesitamos ser suficientemente humildes para admitir que no siempre podemos explicar las cosas.

Y el hecho de que no podamos comprender cómo se hace algo, no significa que el Dios Creador, Todopoderoso y Sustentador del Universo no pueda hacerlo.

Así podemos aproximarnos ampliamente a las palabras del Apóstol Pablo, cuando escribe a los cristianos de Filipos, y les dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

La pequeñez de nuestras alas no va a poder impedir que volemos.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.714 – 7 de Mayo de 2017

Muchos se han preguntado en el curso de la historia cómo sería el semblante de Jesús de Nazaret…

Cómo sería su piel, el color de sus ojos y de sus cabellos, el timbre de su voz…

Los pintores y los escultores han procurado interpretar a Jesús plasmándolo sobre los lienzos y esculpiéndolo en las piedras.

Pero pocos han sido quienes han encontrado la imagen de Jesús que Él mismo nos ha dejado en el Evangelio, cuando nos dijo que “tuvo hambre, y le dimos de comer; tuvo sed, y le dimos de beber, fue forastero, y le recogimos, estuvo desnudo, y le cubrimos, enfermo y en la cárcel, y le visitamos…”

Y  a la pregunta de cuándo le vimos así, Jesús respondió diciéndonos:

“De cierto os digo que, en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”

Nuestra vida es un viaje hacia la eternidad, un peregrinar hacia el Cielo.

Nuestra vida es un camino hacia el encuentro con Dios nuestro Hacedor.

Ese caminar es la oportunidad que recibimos para realizar toda nuestra condición humana.

Si somos niños, no queramos actuar como jóvenes; si somos jóvenes, no queramos actuar como adultos; si somos adultos, no queramos actuar como jóvenes.

En cada momento de nuestra vida, vivamos su riqueza y su novedad.

Guardemos la identidad de nuestra edad, ya seamos varones o mujeres.

Vivamos la plenitud de la etapa de la vida en que nos hallemos, sin miedo de pasar a la siguiente cuando llegue su momento.

Pero sobre todo, asegurémonos de llevar consigo el “pasaporte” al Cielo: La sangre de Cristo Jesús derramada por nosotros en aquella Cruz del Calvario, donde nuestro Redentor ocupó nuestro lugar de juicio y castigo.

En ese “pasaporte” aparecerán también las firmas de aquellos hermanos menores con quienes compartimos las bendiciones recibidas de la bondad divina.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.713 – 30 de Abril de 2017

Jesús de Nazaret siempre hizo obras buenas. No hubo en Él sombra de pecado o de maldad.

Podemos resumir la vida de nuestro Señor y Salvador como una vida de entrega absoluta a los demás.

Por eso, en una ocasión interpeló a los fariseos preguntándoles: “¿Por cuál de mis obras me queréis apedrear?”

Así fue en la vida de Jesús, y así puede ser también en nuestra propia vida.

Podemos haber hecho obras buenas, favores desinteresados, donaciones, trabajos por los demás… Y, sin embargo, puede que nos quieran apedrear.

Y no pensemos que esto es algo extraño o inusual, sino bastante frecuente.

No es fácil hallar a personas con un corazón agradecido, sino, antes bien, quienes fácilmente olvidan los beneficios recibidos.

Por eso, es importante que cuando nos hallemos ante la reacción ingrata de parte de aquellos a quienes hayamos beneficiado, no permitamos que la amargura anide en nuestros corazones, o que como raíz se extienda y contamine a otros.

En el momento de la prueba, cuando a cambio de nuestro amor recibamos las piedras de aquellos a quienes bendijimos, volvamos la mirada a Jesucristo nuestro Señor, experto en tribulación y angustia, quien nunca maldijo a sus enemigos, sino que los bendijo hasta el último momento de su vida física entre nosotros.

Hay un camino sencillo para asemejarnos a nuestro bendito Redentor: Bendigamos a todos, comprendidos también aquellos que no nos aman, o que incluso nos odian, y comprobaremos que los resultados son maravillosos e inimaginables.

No olvidemos que nuestro Señor entregó su vida en aquella Cruz del Calvario orando a su Padre, y Padre nuestro que está en los Cielos, intercediendo por los que le habían martirizado hasta la muerte, pidiéndole al Eterno que los perdonara, porque no sabían lo que hacían.

Recordemos que Dios nos ha creado para sí, y también para dejar huellas en el camino de la vida.

Nadie pasa por la vida sin dejar huellas a los ojos del Dios Eterno. Y hay mucho gozo en el corazón del Señor por aquellos que anuncian la paz y comparten la felicidad, aunque a cambio reciban pedradas de ingratitud.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.712 – 23 de Abril de 2017

La ley de la selva ha llegado a imponerse en nuestras ciudades. Millones ignoran que antes que vecinos somos hermanos…

Pocos, muy pocos, reparan en la realidad de que somos hijos de un mismo Dios…

La humanidad no está formada por varias familias, sino que todos pertenecemos a una sola.

Y, sin embargo, tenemos que defendernos los unos de los otros…

Hemos llegado a vivir entre rejas y tras puertas blindadas.

Pero en nuestro interior existen semillas de bondad, de alegría, de sencillez, de amor, que nuestro Padre Dios nos ha regalado para que podemos sembrarlas en el polvo reseco de la ciudad, en los corazones de asfalto, en la contaminación del aire y del agua.

Puede sonar a locura, pero podemos confiar en que un día darán fruto, el del corazón de quien nos las regaló para que las sembráramos.

En medio de toda la maldad, Dios sigue siendo bueno, y continuará siéndolo por toda la eternidad.

Por eso Él hace salir el sol sobre buenos y malos, y su lluvia sobre justos e injustos.

La bendición de Dios recae sobre todos; su día no amanece solamente para unos, sino para todos.

Viste a los lirios y da comida a las aves, que ni tejen ni acumulan en graneros.

Dios es tan misericordioso que nunca espera que le demos nuestro reconocimiento para seguir dándonos el aliento y la luz.

La mayor alegría divina es nuestro descubrimiento de que el corazón nos fue dado para amar, y en él se halla nuestra verdadera identidad.

Nunca permitamos que se albergue en nuestro corazón aquello para lo que no fue diseñado, como el odio, la envidia o el rencor.

Cuando esos huéspedes extraños, ajenos, pasan a residir en nuestros corazones, comenzamos a sangrar, nos miramos unos a otros como si no fuéramos miembros de la misma familia, y añadimos cerrojos y puertas blindadas, no ya a nuestras casas, sino a nuestros propios corazones.

El reloj nos ayudará a no olvidar la hora; el calendario, a no olvidar la fecha; el diccionario, a no olvidar el significado de las palabras; pero el Evangelio nos ayudará a no apartar la mirada de Cristo.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.711 – 16 de Abril de 2017

Tan contrario es el Evangelio a la filosofía del mundo caído en el pecado, que frecuentemente hallamos enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo que nos parecen auténticas paradojas que nos dejan perplejos.

La que vamos a considerar hoy es la que encontramos en el Evangelio según Marcos 9:35: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.”

Esto parece una auténtica contradicción, por cuanto nuestra naturaleza nos pide ser servidos antes que servir a los demás.

Sin embargo, si aprendemos a servir descubriremos la grandeza de nuestro ser; una grandeza escondida bajo espesas capas de orgullo, egoísmo y soberbia que han ido formándose en el curso de nuestra vida.

Ese duro caparazón pierde su espesor cuando Jesucristo entra a morar en nosotros en la bendita Persona de su Santo Espíritu.

Entonces es cuando aprendemos a dar, y descubrimos que dando es como recibimos…

Que siempre recibimos más de lo que podemos dar; y que lo que podamos dar será siempre lo que primeramente hayamos recibido.

También llegaremos a comprobar que contribuyendo a que los demás sean, es como somos más.

En ese caminar vamos a descubrir también que más allá del “dar” se encuentra el “darnos”, y que nuestro Señor siempre estará dispuesto a darnos de su gracia para que no pongamos freno a la generosidad cristiana.

Lo que hagamos a los demás, Dios nos lo va a devolver multiplicado.

Dios no se queda con nada, y sabe devolverlo con creces, sobre todo cuando compartimos con los más necesitados.

Nunca vamos a poder superar a Dios en lo que Él nos ha dado y nos sigue dando.

Nuestro Señor ha prometido el Reino de los Cielos a quienes así estemos dispuestos a obrar.

En el mundo hay lugares fértiles y lugares secos, pero no hay sequedad que permanezca cuando la regamos con la generosidad, con la alegría de compartir.

Si seguimos caminando por la senda de Jesucristo comprobaremos que los lugares secos quedan atrás, y que hay otros paisajes de vida y alegría en el porvenir.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.710 – 9 de Abril de 2017

Desde que naceos empezamos a morir. Envejecemos muy rápidamente. Las hojas del calendario vuelan más rápidas que las de los árboles. Cuando queremos darnos cuenta, nuestra piel tersa se arruga. Nuestro nacimiento natural, en la carne, nos conduce a muchas experiencias agradables, pero, inevitablemente, también a muchas desagradables. Según las Sagradas Escrituras, cuando entregamos nuestra vida al Señor, quien entregó primeramente la suya por la nuestra, se produce una transformación tan grande que, como afirma el Apóstol Pablo, “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. (2ª Corintios 5:17).

En Jesucristo somos renovados, transformados, y todo lo propio de este mundo de pecado queda en el pasado, y substituido por lo nuevo. Esa novedad de vida es tan completa que se nos describe diciéndonos que nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva. La vida nueva que Dios nos regala en Jesucristo no es un remiendo en la vieja persona. Pero para que esto sea eficaz, es menester que haya en nosotros arrepentimiento, es decir, que nos demos la vuelta en nuestro proceder, y emprendamos una vida nueva con la mirada puesta en Jesucristo, el autor y consumador de la fe.

Dios nuestro Señor, el Autor del nuevo nacimiento, no hace remiendos, sino todas las cosas completamente nuevas. Ezequiel 18:30-31: “Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será iniquidad casa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado.” Si hay arrepentimiento, Dios promete “darnos un corazón nuevo, y poner un espíritu nuevo dentro de nosotros”. (Ezequiel 36:26). Cuando Dios hace nueva a la persona, dándonos una nueva naturaleza, pone en nosotros una manera nueva de sentir en el corazón, una nueva manera de pensar y una nueva actitud.

Muchos reconocen que Jesucristo es el Señor, pero al mismo tiempo se mantienen apartados de Él, y no aprovechan su llamada al arrepentimiento y la fe. La verdad divina no penetra en sus corazones para que su alma sea iluminada y su carácter sea transformado.

Quiera Dios, quien tan rico es en misericordia, que todos cuantos formamos esta comunidad de fe, procedamos al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo para conducirnos en novedad de vida, preparándonos así para el día del gran encuentro con el Autor de nuestra salvación. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.709 – 2 de Abril de 2017

Si nos preguntaran cuál de todas las personas con quienes nuestro Señor Jesucristo tuvo un encuentro fue la más necesitada, ¿qué responderíamos? ¿El ciego Bartimeo que clamaba por recuperar su vista? ¿Alguno de los leprosos que le pidieron ser limpiados? ¿La mujer enferma desde hacía doce años de flujo constante de sangre? ¿Lázaro, que llevaba cuatro día corrompiéndose en la tumba? ¿María Magdalena, de quien nuestro Señor había echado muchos demonios fuera?

Evidentemente, éstos y todos cuantos tuvieron un encuentro con Jesús estaba necesitados de su ayuda. Pero creo que quizá el más necesitado de todos pasaría inadvertido en nuestra búsqueda, porque su caso no era dramático. No estaba enfermo. No era conocido como pecador público, no padecía de necesidades, gozaba de respeto, poseía bienes y ocupaba una buena posición social; pero, sin embargo, necesitaba encontrarse con Jesús.

Quizá lo hayáis descubierto. Sí, efectivamente, se trata, en mi criterio, de Nicodemo, un fariseo profundamente religioso, estricto en sus diezmos, en sus ofrendas, en su respeto al santo día de reposo, profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, pero hondamente necesitado de Jesús.

Nuestro Señor le mostró que hasta aquel momento sólo había nacido para vivir en este mundo, pero necesitaba nacer de nuevo para ver y poder entrar en el Reino de Dios.

Creo que Nicodemo fue el más necesitado de cuantos experimentaron un encuentro con Jesús, por cuanto todos sabían cuál era su necesidad, mientras que Nicodemo no lo sabía. Por eso precisaba mirar a Jesús para saber cuál era su necesidad fundamental: Nacer de nuevo.

El leproso sabía que necesitaba ser limpiado de su lepra. Los ciegos, recuperar la vista. Los enfermos, ser sanados. La mujer del constante flujo de sangre, que cesara su hemorragia. Pero Nicodemo, seguro en su religiosidad, no sabía que estaba perdido. Aquella noche, Nicodemo tuvo la oportunidad de dejar de mirarse a sí mismo para mirar a Jesús, y entonces se produjo el milagro, por cuanto los milagros suceden cuando miramos al Señor. Nicodemo nación de nuevo. Comprendió que Jesucristo vino a buscar lo que se había perdido. No a llamar a justos, sino a pecadores. ¿A quién estamos mirando? ¿A nosotros mismos o a Cristo Jesús?

Mucho amor.   Joaquín Yebra,  pastor.

Meses
Archivo