Nº 1376– 24 de Octubre de 2010

Todo este mundo nuestro podría ser una estrella al amanecer…

Una burbuja en medio de un torrente…

Un relámpago en una nube estival…

Una vacilante llama…

Una pluma de ave que la corriente se lleva al océano…

Un sueño…

Cuando abro mis ojos hacia el mundo exterior, me siento como un grano de arena en la playa de cualquier mar; pero cuando cierro mis ojos y miro hacia mi ser interior, veo todo el Universo como esa estrella, como esa burbuja, ese relámpago, esa vacilante llama, esa pluma de ave arrastrada por la corriente, y ese sueño.

Cuando mi mente vaga y mi corazón se hace sentir en el palpitar y en la respiración, descubro que Él está ahí, suave, dulce y callado, dispuesto a hablar sólo cuando es preciso.

Se alegra cuando piso sobre una huella de Jesús de Nazaret; se entristece cuando aparto mis ojos del Maestro y caigo en algún bache o en alguna cuneta del camino.

Cuando entro en contacto con Él, soy hecho consciente de mi propia existencia y logro mantener el sol de mi atención brillando continuamente, en todo cuanto suceda, en cada cosa y en cada ser.

Cuando siento su presencia en mi vida, dejo de buscar cosas extraordinarias, porque es la mirada extraordinaria suya, de la que me hace partícipe, la que me permite descubrir piedras preciosas en medio de la basura y los desperdicios.

Es el momento en que los problemas dejan de serlo para convertirse en retos y oportunidades, fuentes de inspiración para seguir caminando.

Tu Universo estará siempre donde Él está.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

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