Nº 1377– 31 de Octubre de 2010

Todos sabemos que Jesús lavó los pies de sus discípulos más íntimos. Nosotros siempre lo hemos visto como un acto de humildad, y en verdad lo fue, pero su significado espiritual es de mucha más importancia.

Todos hemos escuchado que en los días de Jesús en la carne los caminos no eran nuestras carreteras y autopistas, sino sendas de tierra, pedregosas y polvorientas; y el calzado eran sandalias, por lo que el lavado de los pies a la llegada a una casa era imprescindible, y de mucho agradecer.

Eso es cierto, pero los pies de los hombres son también un símbolo de nuestro caminar, de nuestro existir, y de la manera de relacionarnos con los demás hombres. Nuestro andar con el Señor por los senderos de la vida también precisa, pues, el lavamiento y el refrescamiento que sólo el Espíritu Santo, simbolizado por el agua, puede y quiere darnos.

Pero Jesús no sólo lavó los pies de sus discípulos, sino que también ordenó que nos los lavásemos los unos a los otros, lo que, además de su sentido natural, significa que no podemos en el seguimiento de Cristo dejar de ayudarnos fraternalmente, y lavarnos igualmente nuestras suciedades; refrescarnos en medio de las circunstancias adversas de la vida, y alentarnos en el diario vivir.

Para el Apóstol Pablo, esta actitud representa un incuestionable signo de madurez en el discipulado cristiano: “Así que los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación. Porque Cristo no se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que le vituperan, cayeron sobre mí.” (Romanos 15:1-3).

¿Estamos lavando los pies de los discípulos o nos contentamos con mantener limpios los nuestros? ¿Se reduce nuestro cristianismo a agradarnos a nosotros mismos o somos conscientes de que hemos de sobrellevar las cargas de los otros?

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

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