Nº 1378– 7 de Noviembre de 2010

Jesús nos dejó el fruto de la vid para conmemorar su sangre, pero  nos hemos quedado muy cortos en la interpretación de su significado. Por la propia definición de “símbolo”, éste supera siempre nuestra visión temporal de todas las cosas.

Las uvas tienden a extinguirse. Son momentáneas. No las podemos guardar durante mucho tiempo, porque se pudren. Pero cuando son machacadas y su mosto fermenta y sus azúcares se transforman en alcohol, el vino resultante puede durar por largos días. 

Así es que llega a ser más apreciado cuanto más añejo. Y por eso hablemos del “espíritu” del alcohol. Y quizá también de ahí se derive su peligro en su abuso, entiéndase, en su mal uso.

Desde el principio del ministerio público de Jesús vemos su metáfora milagrosa al transformar el agua en vino. No por ser literal deja de ser metáfora, y no por ser metáfora deja de ser real.

Las cosas del mundo espiritual resultan difíciles de expresar con palabras abstractas. Necesitamos de parábolas, alegorías, símbolos y demás figuras de retórica.

Hay mucha “agua” estancada en nuestros cuerpos y mentes que necesita de la transformación en “espíritu”. Precisamos de la conversión de lo que no perdura en aquello que permanece.

El agua estancada llega a oler muy mal, pero el mosto del fruto de la vid puede guardarse, retenerse, y adquirir más dulzor con el paso del tiempo.

Por eso es que el agua es metáfora de la vida que ha de discurrir, si no queremos que se corrompa; pero Jesús nos deja el fruto de la vid como metáfora de lo eterno, de lo que permanece para siempre.

Ahora bien, la transformación implica siempre sacrificio, como el grano de cereal en pan; como el fruto de la vid en vino; como la oliva en aceite.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

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