Nº 1383– 12 de Diciembre de 2010

La “Historia de los Concilios de la Iglesia” es muy extensa. Tengo una entre mis libros que ocupa varios volúmenes. Pero he tratado de hallar la “Historia de las Reconciliaciones”, y no he podido encontrarla.

¿Será que nunca me interesó y por eso no la compré? ¿Será que no la promocionaron suficientemente? ¿Será que nadie la ha escrito hasta el momento? ¿Será que pasa inadvertida por su minúsculo tamaño?

El enfado es imposible de evitar, la ira es una reacción fuerte, pero todo eso pasa y se diluye como la neblina de la mañana, por cuanto no hemos sido diseñados por Dios para arrastrar las pesadas cargas de los enfados, los malos humores y las reacciones iracundas sobre nuestras conciencias.

Pero el rencor, el resentimiento y la crueldad van más allá, mucho más allá. Por eso es que al Señor le preocupa que nuestro enojo continúe después de que el sol se haya puesto, para que no degenere hasta convertirse en rencor .

Nos parecería necio pedirle perdón a la puerta que golpeamos, pero paradójicamente no nos pareció necio enfadarnos con ella. Se nos antojaría sin sentido pedir perdón a la mesa por haberla golpeado en nuestro enfado, pero no pensamos que fuera de mentecatos hacerlo como si estuviéramos enojados contra ella.

La reconciliación es terapia divina, medicina del cielo, salud exuberante de las alturas, rocío de las más elevadas cumbres, lluvia fresca y sol que entona nuestro cuerpo y el resto de nuestro ser. La reconciliación es el tratamiento rejuvenecedor que nos baña en las aguas de salud del balneario de la armonía divina.

¿Vives reconciliado con Dios, contigo mismo y con tu hermano? Eso sólo es posible viviendo en la amistad de Jesucristo. Escribamos, amados hermanos, nuestra página personal en la gran “Historia de la Reconciliación”.

Mucho amor.     Joaquín Yebra,  pastor.

 

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