Nº 1386– 2 de Enero de 2011

El gran reto de Jesús de Nazaret es el de amar a nuestros enemigos, orar por ellos y bendecirlos.

Los puritanos, los formalistas, los moralistas y toda la larga caterva de constituyentes de todos los “istas” y los “ismos” están dispuestos a amar a quienes les aman.

Seamos sinceros: Cuando la gente nos ama, nosotros les amamos. No nos cuesta mucho esfuerzo. Pero las cosas se ponen en contra cuando se trata de amar a quienes no nos aman, aunque a veces les veamos hacer esfuerzos por aparentar que nos aman, y lo hacen sonriéndonos, mostrándonos la dentadura y haciéndonos muecas mal disimuladas.

Nos resulta difícil amar a quienes no nos aman porque estamos generalmente demasiado ocupados en las cosas externas, en medio de las apariencias, sometidos a las demandas de nuestra sociedad.

Nuestra vida es cada vez más televisiva, con más pantallas, y eso nos hace olvidar la necesidad de mirarnos a nosotros mismos en lo más hondo de nuestro ser.

Hacer eso puede significar uno de los más importantes acontecimientos de nuestra vida, por cuanto el ser más hondo de nuestro ser, valga la redundancia, es el gran descubrimiento pendiente para muchas personas.

Pero no se trata realmente de un invento, sino de un descubrimiento.

Llevamos toda nuestra vida palpitando dentro de nosotros mismos.

Antes de todo fuimos un pensamiento de Dios, un proyecto divino.

Por eso es que podemos salir de nosotros mismos y vernos en el otro, comprendido el que no nos ama.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

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