Nº 1.783 – 2 de Septiembre de 2018

“En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”  (Hebreos 10:10)

Esta declaración solemne del autor de Hebreos divinamente inspirado, remacha toda la enseñanza expuesta hasta ahora en la carta.  Afirmando una vez más y de forma categórica que por haber hecho Jesucristo la voluntad de su Padre, somos santificados y no hay más que añadir.  Queda fuera toda duda humana, vacilante ante la incapacidad de ser santo.  ¡La obra está hecha!  ¡El trabajo está terminado!  Y el que no se santifica a sí mismo, por medido de la Vida de Jesús, es porque sencilla y llanamente no quiere.

Los sacrificios realizados, ofrecidos por aquellos sacerdotes del Antiguo Pacto “nunca pueden quitar los pecados”.  De igual manera, toda ofrenda, todo sacrificio hecho en la actualidad, todo rito, incluso toda buena obra, jamás podrá limpiarnos de pecado.  Sólo Jesucristo sentado en el lugar de ejecución de la autoridad de Dios, nos limpia de pecado y de maldad.  Sólo el sacrificio de Jesús tiene poder limpiador de la conciencia humana.

Ninguna religión puede limpiar el corazón.  Ninguna práctica religiosa o creencia es capaz de rescatarnos de nuestra vacía y desordenada manera de vivir transgrediendo la Santa Ley de Dios.  Éramos enemigos de Dios aunque no lo quisiéramos ni lo supiéramos.  Pero ahora Jesucristo nos ha salvado y nos ha reconciliado para vivir en amistad con Él.  La amistad no sería posible en la desobediencia anterior.  Tiene que darse la obediencia para que seamos amigos.  Jesús fue obediente para hacernos obedientes a nosotros.  Ya que la única demostración del verdadero amor es la obediencia.

(Continuará…)

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