Nº 1.780 – 12 de Agosto de 2018

Jesús tiene Su propio Espíritu para enviarlo sobre todas sus hijas e hijos: “Ciertamente Yo enviaré La Promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.”  (Evangelio de Lucas 24:49)

Cubiertos de arriba abajo.  La Unción viene de lo alto, del cielo de Dios donde está Jesús a la diestra del Padre.  Y nos llena por dentro hasta rebosar.  Recibimos así el poder de Cristo, las virtudes de Jesús:  Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría y de Inteligencia, Espíritu de Consejo y de Poder, Espíritu de Conocimiento y de Temor del Señor.

Sin esta Unción Poderosa es imposible hacer nada derecho ni que traiga fruto.  Ya nos podemos cansar en muchos trabajos y actividades.  Sin la Unción del Santo renovándonos cada día, nada podemos hacer.  Separados de Cristo nada podemos hacer.  Y es el Espíritu Santo Quien nos conecta con el Señor Jesús en el santuario celestial, y pone en nosotros la obediencia a todos sus mandamientos.

Como hijas e hijos de Dios que queremos ser obedientes, necesitamos que repose cada día el Santo Espíritu de Dios sobre nosotros.  Así, con esa Unción del Señor “entenderemos diligentemente en el temor de Jehová.  No juzgaremos según la vista de nuestros ojos ni resolveremos por lo que oigan nuestros oídos, sino que con justicia juzgaremos a los pobres y resolveremos con equidad a favor de los mansos de la tierra.”  (Isaías 11:3 y 4)

¡Cuánto falta hoy de esta sabiduría divina en medio de las congregaciones!  ¡Cuánto tiempo perdido en actividades que poco aprovechan y qué poco tiempo se dedica a la oración buscando al Señor para ser llenos de Su Espíritu!  Jesús fue lleno del Espíritu Santo mientras oraba.  En su bautismo en las aguas, estaba orando cuando fue bautizado con el Espíritu Santo y escuchó la voz audible de Su Padre Celestial: “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba. También Jesús fue bautizado, y mientras oraba, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.”  (Evangelio de Lucas 3:21 y 22)

(Continuará…)

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