Nº 1.769 – 27 de Mayo de 2018

He comprobado a lo largo de los años que la santidad no se puede dar en la soledad y el individualismo.  Todos nos necesitamos para ayudarnos mutuamente a mantener un estilo de vida santo.  Es el Señor el que produce el crecimiento en santidad, pero ese desarrollo sólo se logra en la comunidad porque ahí está el cuerpo de Cristo.

La santidad está íntimamente relacionada con el amor.  Si no nos sentimos amados es imposible ser santos.  Y para ser santos tenemos que aprender a amar.  Es siempre un camino de ida y vuelta.  La congregación existe para estimularnos al amor y a las buenas obras y sólo en ese contexto nos sentiremos afirmados y lograremos ser irreprensibles en santidad.  Por eso, los que eluden la santidad, eluden la congregación.  Y no suele haber muchas más razones para dejar de congregarse.

La palabra apostólica es muy clara al respecto: “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.”  (1 Tesalonicenses 3:12 y 13)

Necesitamos ser afirmados por el Señor.  En esa firmeza, en esa seguridad que sólo Dios puede darnos, es donde la santidad del Señor va desarrollándose en sus hijos e hijas… La paz de Cristo nos afirma, nos asegura, nos hace estar tranquilos, confiados, a salvo… y es precisamente ahí donde la santidad de Dios se desarrolla naturalmente.

El Santo Espíritu nos anhela celosamente para santificarnos, para limpiarnos integralmente.  Cuando nos dejamos amar por el Señor y compartimos su amor sin miedos y con toda sinceridad, se produce el milagro de la santidad.  El Espíritu nos convence y nos desarma de todos nuestros “peros” que interponemos al Señor para no querer cambiar.  La transformación es ineludible porque la decisión es afirmada en nosotros si estamos dispuestos a recibir la manera de pensar divina.

Miremos al Señor, ya se acerca su venida, y tenemos que ser hallados irreprensibles en santidad.  El Señor Jesucristo viene con todos sus santos.  ¿Queremos estar entre ellos?

Mucho amor y mucha santidad.

Antonio Martín, pastor.

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