Nº 1.755 – 18 de Febrero de 2018

“Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”   (Génesis 1:2)

Así estaba “la tierra” de nuestro corazón antes de conocer a Cristo.  En todos nosotros había un abismo de pecado que nos separaba de Dios.  Pero el Espíritu de Dios fue enviado a vibrar sobre nuestro rostro produciendo una onda amorosa, un viento apacible, una luz clarificadora, un calor de hogar que desconocíamos aunque no del todo.

Cuando el Espíritu de Dios trae a la superficie el pecado, para limpiarlo con la sangre de Jesús, es un gran alivio.  Es una experiencia única.  Es como si nos sacásemos una molesta espina del pie que nos ha estado doliendo durante años y no nos ha permitido avanzar con alegría.

Demos gracias al Señor cuando hace flotar nuestras maldades ocultas, porque ahí las podemos entregar al Maestro que las llevó todas en su muerte sobre Su Santo Ser.  Sólo así seremos liberados de ellas.

No luchemos con el lodo de nuestros pecados, maldades y contradicciones; sino entreguémoslo todo a Aquel que ya lo cargó por nosotros.  ¡Que gran alivio experimentaremos!  ¡Que liberación tan infinita!

Nuestra sangre está contaminada y envejecida por el pecado y necesita urgentemente una “transfusión” de la sangre preciosa del Hijo de Dios.  Sangre ésta con ADN Divino y humano.  Única sangre que trae sanidad y vida como la del Cordero sin mancha y sin contaminación.  Sangre nueva, vida nueva recorrerá todo el ser.  ¡Rejuvenecerás seguro!

¡Ven Espíritu, ven y llénanos de esa sangre preciosa!  ¡Amén!

Mucho amor.

Antonio Martín, pastor.

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