Nº 1.754 – 11 de Febrero de 2018

“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Jesús, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.  Y de hacer bien, y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.”  (Hebreos 13:15 y 16)

Este es el sacrificio completo que el Señor demanda de nosotros: ofrenda de alabanza dándole a conocer y ofrenda de buenas obras y ayuda entre los hombres.

Una cosa no se puede dar sin la otra.  El culto a Dios no solemos olvidarlo pero la segunda parte nos puede quedar más lejos.  La ayuda mutua, el hacernos el bien, ha sido algo que aprendí de manera impactante en Eben Ezer.  No que no lo supiera de antemano y que no lo hubiera practicado antes, pero en esta comunidad fui testigo de cómo se realizaba casi cada día, en cada reunión, en cada culto.  El ser una iglesia pobre pero rica en misericordia, ha sido una de las asignaturas más enriquecedoras para mi vida y la de mi familia.  Siendo también nosotros mismos receptores de esa ayuda desde nuestra llegada a la congregación como seminaristas.

Ayuda mutua… me suena a matrimonio, a dos amigos o amigas, al binomio pastorado-iglesia, a compartir alegrías y penas, momentos de comprensión y momentos de incomprensión, a vivir juntos y a morir juntos si es preciso… Es decir: a familia.  A momentos de enfado y de desenfado, a momentos de ofensa y de perdón.  A buscar juntos la restauración.

Si alabamos a Dios por medio de Jesús, el hacernos el bien y ayudarnos mutuamente, será mucho más fácil que si ponemos el carro por delante del caballo.   Las buenas obras no vendrán si no ponemos primero lo que es primero.  Y primero será siempre alabar a Dios en el Espíritu Santo y por medio de la Verdad que es Jesucristo.  Empecemos o continuemos por lo primero, sin olvidar lo segundo.  Son sacrificios ambos que agradan a Dios.

¡Ven a alabar al Señor y a ayudar a tus hermanos!

Mucho amor.

Antonio Martín, pastor.

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