Nº 1.746 – 17 de Diciembre de 2017

Los seres humanos no atraemos lo que queremos, sino lo que somos. Las fantasías, caprichos y aspiraciones pueden resquebrajarse a cada paso, pero los pensamientos más profundos del corazón se alimentan con su propia comida, ya sea limpia o inmunda.

La fuerza divina para conformar nuestros fines se halla dentro de nosotros mismos. El pensamiento y la acción son los prisioneros de nuestro destino. Nos aprisionan cuando son bajos, pero también pueden ser nuestros ángeles de libertad cuando son elevados y en su nobleza actúan como agentes liberadores.

Nuestros deseos y oraciones tienen que armonizar con nuestros pensamientos y acciones. A la luz de esta verdad ¿cuál es el significado de luchar contra nuestras circunstancias? Quiere decir que un hombre puede estar continuamente luchando contra un determinado “efecto”, mientras que puede estar paralelamente nutriendo y conservando su causa en su corazón. Esa causa puede tomar la forma de un vicio consciente o de una debilidad inconsciente. Pero, cualesquiera que sea, retrasará notable y tercamente los esfuerzos de su poseedor.

Los humanos solemos estar deseosos por mejorar nuestras circunstancias, pero rara vez estamos deseosos de mejorar nosotros mismos. De ahí que muchos manifiesten desear liberarse, pero permanecen atados.

Consideremos el caso de aquel hombre extremadamente pobre que desea con todo su corazón ver mejorar sus circunstancias, pero, al mismo tiempo, considera que está justificado por tratar de engañar a su patrón por causa del bajo nivel de su salario. Ese hombre no comprende los rudimentos más sencillos de los principios que forman la base de la verdadera prosperidad; y no sólo no está incapacitado para salir de su pobreza, sino que con su actitud atrae sobre sí una pobreza todavía mayor, al dejar que su mente y sus acciones le lleven a la indolencia, el engaño y otros pensamientos contaminantes.

Nos cuesta trabajo aceptar que en la mayoría de los casos somos los autores de nuestras circunstancias, y aunque apuntemos hacia un buen fin o una meta digna, fácilmente podemos frustrar nuestros objetivos por permitir que nuestros corazones se llenen de pensamientos y deseos que no pueden armonizarse con los fines perseguidos.

El fin de nuestro pensamiento es que lo que el hombre siembra, será siempre lo que siegue. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

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