Nº 1.745 – 10 de Diciembre de 2017

Compartimos el pensamiento de quienes afirman que el alma humana atrae aquello que busca secretamente, aquello que ama y también aquello que teme: Job 3:25-26: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía. No he tenido paz, no me aseguré, ni estuve reposado; no obstante, me vino turbación.” Nuestra alma busca la altura de nuestros anhelos, y también desciende al nivel de sus temores. Y las circunstancias son los medios a través de los cuales el alma recibe aquello que le pertenece. Los pensamientos, como semillas sembradas en el terreno de la mente, pueden fácilmente germinar y producir allí el fruto que, tarde o temprano, se materializará en un hecho concreto, produciendo las oportunidades y las circunstancias propicias. Los buenos pensamientos llevarán siempre buenos frutos, y los malos pensamientos, frutos malos.

El mundo exterior de las circunstancias se va configurando en consonancia con el mundo interior del pensamiento. Y las condiciones externas, tanto las agradables como las desagradables, son los factores que trabajan a favor del bien último del hombre. Como recolector de su propia cosecha, el hombre aprende tanto del sufrimiento como de la bonanza. Siguiendo sus deseos, aspiraciones y pensamientos más profundos, por los que el ser humano se deja dominar, el hombre llega a condicionar las circunstancias exteriores de su vida. Las leyes del crecimiento y del ajuste se encargarán de que las cosas sean como son. El hombre no llega a la casa de misericordia o a la cárcel por la tiranía del destino o de las circunstancias, sino por los caminos de su pensamiento y sus deseos fundamentales. El hombre de mente pura no cae repentinamente en el crimen, arrastrado por alguna fuerza externa desconocida. El pensamiento criminal llevaba mucho tiempo discurriendo por las sendas del corazón, y en la hora de la oportunidad se reveló toda aquella fuerza acumulada. Las circunstancias no hacen al hombre, sino que actúan revelando lo que hay en él. No hay circunstancias que arrastren al hombre al vicio, a menos que se den en un corazón inclinado en tal sentido. Y del mismo modo, tampoco hay circunstancias que eleven hasta la excelencia y la virtud, a menos que se dé un cultivo continuado de tales aspiraciones virtuosas. Llevemos nuestros pensamientos cautivos al pie de la Cruz de Jesucristo. A la luz de su Verdad vamos a experimentar la trasformación de nuestros pensamientos y nuestros fines. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

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