Nº 1.738 – 22 de Octubre de 2017

Ser humano es una gran cosa. Es lo máximo que podemos ser. Es nuestra máxima capacidad.

Al exigirnos Dios cosas que no demanda de ninguna otra de sus criaturas, está haciéndonos el mayor de los cumplidos.

Estamos todos de acuerdo en que es muy difícil vivir la bondad, dadas todas las distracciones y tentaciones de este mundo, pero es mucho más duro que le digan a uno que no es capaz de ser bueno, y por lo tanto creemos quedar exentos de intentar serlo.

Estas son las grandes preguntas que laten en nuestros corazones:

“¿Qué es lo que hace que mi vida tenga importancia?”

“¿Qué es lo que la convierte en algo más que un fenómeno pasajero?”

“¿Qué es lo que hace que mi vida no sea percibida mientras estoy vivo, y que esté destinada al olvido cuando muera?”

A los profetas se les reveló, y los poetas lo intuyeron, que la vida humana debía ser más que la mera existencia biológica.

Cuando somos felices junto a nuestros seres amados, o realizando nuestro trabajo, cuando amamos y somos amados, cuando experimentamos la generosidad, sentimos que ocurre algo más significativo que el simple hecho de estar vivos. Descubrimos que somos humanos. Y esa sensación es mucho más convincente que la lógica o la filosofía.

Ese es el momento en el que descubrimos que necesitamos a Dios, que no podemos abordar el tema del significado de la vida sin referirnos al Eterno.

Pero ¿a qué peguntas es Dios la respuesta? La mayoría de las preguntas a las que pretendemos que Dios sea la respuesta no son sino trivialidades religiosas. Tristemente, para millones Dios es una especie de “superman” que nos observa, lleva la contabilidad de nuestros pecados, y prepara un informe moral sobre cada uno de nosotros.

Cuando pensamos así, sólo estamos fomentando una religión cimentada en el temor y en expectativas muy poco realistas.

Nuestras vidas son importantes porque estamos sobre la Tierra, no sólo para comer, dormir y reproducirnos, sino para cumplir la voluntad de Dios.

En esa voluntad vamos a descubrir que “ser buenos” y “amar” son una misma cosa. Por eso Dios espera de nosotros que nos dejemos amar para poder amar. Ese es el todo del hombre.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

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