Nº 1.736 – 8 de Octubre de 2017

Dijeron los sabios antiguos de Israel que para el justo, un mendigo anónimo es más importante que la visita de la “shejiná”, el resplandor de la gloria de Dios.

Es mejor ser auténtico que tener grandes conocimientos.

El justo se siente responsable del otro sin esperar reciprocidad.

La bondad es la trascendencia del “yo”.

Ahí radica lo humano en el hombre.

El que me libera es el Otro.

Mi obligación frente a mi prójimo es el sentido de mi responsabilidad frente a un rostro.

Un rostro siempre conduce al más allá.

Un rostro es la revelación de lo infinito.

La dimensión de lo infinito se abre a partir del rostro.

El mundo de la Biblia no es un mundo de figuras, sino un universo de rostros.

Lo infinito no es un objeto inmenso que sobrepasa los horizontes de la mirada.

Lo infinito se muestra en mi mirada en la tuya.

Mi idea de lo infinito la da mi relación con mi prójimo.

La ética es la óptica de lo Divino.

El Dios invisible, pero personal, no se puede encontrar fuera de la presencia humana.

¿Acaso no somos imagen y semejanza de Dios?

Fuera de la presencia del hombre no hay Dios, sino sólo idea de Dios.

Ese “dios-idea” sólo puede tener el tamaño de mi cabeza.

Ir hacia Dios no es seguir su huella sino ir hacia los demás que están en esa huella.

Los Mandamientos de la Santa Ley de Dios y la Creación son dos caras de la misma moneda.

No se ordena a quien no tiene la posibilidad de obedecer.

Los sabios antiguos de Israel dijeron que el hombre es llamado por Dios para ser perfeccionamiento del mundo.

Desobedecer ese mandato es el sentido más profundo del pecado.

Si el hombre actúa sin interesarle el mundo, dicho mundo continuará desordenado y vacío, puesto que el hombre ha de cargar con una responsabilidad moral respecto a la Creación misma.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

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