Nº 1.733 – 17 de Septiembre de 2017

Las Sagradas Escrituras enseñan por voz profética la exigencia de una igualdad afectiva, es decir, la justicia para todos los hombres. Sin embargo, esa exigencia quedó obscurecida por la inercia de la historia, especialmente por la institucionalización histórica de un cristianismo que borró los rasgos de la cristidad o esencia del Cristo.

Fue necesario que desde dentro y desde fuera se les recordase a las iglesias esta exigencia fundamental de la espiritualidad genuina, la cual, cuando falta, convierte a la religión en el túmulo del Dios vivo, sepulcro blanqueado cubierto de oro y pompa.

Esa es la función verdaderamente profética otorgada a la Iglesia de Jesucristo: Volver a las sendas antiguas.

La memoria de la pasión de Jesús de Nazaret y de todos los mártires, voz que significa “testigos”, que han participado de la pasión de Cristo, implica una universalidad mucho más radical que cualquier teoría social o científica, comprendido el esfuerzo por darle universalidad al cristianismo romanizado desde los días del emperador Constantino.

La única universalidad posible es la solidaridad con todos los fracasados de la historia. Sin la esperanza escatológica, tal como se nos revela definitivamente con la resurrección de Jesucristo, el esfuerzo del hombre por mantener su dignidad en la solidaridad con los demás resulta baldío.

El hombre se ve abocado al fracaso total. Sin la esperanza escatológica, es decir, sin la esperanza bienaventurada y manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo en su Segundo Adviento como Mesías Triunfante, la existencia humana se vuelve auto-contradictoria.

Ahora bien, nada de parte de Dios es casual ni arbitrario. Si Dios opta por los empobrecidos y marginados dándoles primacía, es porque ellos representan el criterio fundamental para juzgar el sentido del mundo y de la historia. Esa es la justicia que brota desde la fe.

Como dijo Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), “la garantía de mi oración no es el mucho decir palabras. La garantía de mi plegaria está muy fácil de conocer: ¿Cómo me porto con los empobrecidos? Porque allí está Dios. La manera como los mires: así estarás mirando a Dios. Los méritos de cada hombre y de una civilización se medirán por el trato que tengamos para los necesitados y empobrecidos.”

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

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