Nº 1.729 – 20 de Agosto de 2017

El horror que Dios siente ante el estado actual del mundo se puede apreciar perfectamente en la vida de Jesús de Nazaret.

Voces desde innumerable ángulos proclaman que mientras continúen las desigualdades entre los hombres, y reine la injustica, la paz no llegará.

Tampoco habrá suficientes muros y verjas para impedir el acceso a quienes buscan dignidad.

Jesús se rebeló contra la consagración religiosa de la desigualdad sangrante entre los hombres.

Horrible es que el hombre explote al hombre, rompiendo el plan de Dios de tener una familia humana en esta tierra, pero más espantoso es todavía que para justificar semejante explotación se tome al propio Dios por testigo, y se intente hacer del Señor Eterno un cómplice en dicha tragedia.

Eso es lo que acontece cuando la injusticia social es aprobada religiosamente. Al robado por la sociedad y expulsado hacia los márgenes de la miseria, se le dice, además, que eso es por el castigo divino por su pecado, pues es Dios quien así lo quiere.

Ante semejante deformación monstruosa de la verdad, nuestro Señor Jesucristo se enfadó. Y podemos constatar en los Evangelios que todos los grandes disgustos de Jesús correspondieron a la defensa de los empobrecidos, frente a su demonización por parte de los dirigentes religiosos.

La proclamación de “dichosos los pobres” y la elevación de la evangelización de los empobrecidos a signo de la misión de Cristo Jesús, y criterio máximo de la llegada del Reino de los Cielos, tienen este significado profundísimo: Los pobres son los marginados de la sociedad y los por ella injusticiados; pero Dios no está de acuerdo con esa perversión  de la realidad.

Nuestro Señor se pone abiertamente al lado de los empobrecidos y marginados, y anuncia que su Reino llegará para hacerles justicia.

Jesucristo jamás estará de parte de semejante perversión. De ahí se desprende la causa de que las enseñanzas de nuestro Redentor resultaran escandalosas.

El eco suscitado por la proclamación del Evangelio como Buena Noticia fue una tormenta de indignación. ¿Por qué? Porque la Buena Nueva contradecía todas las reglas de piedad de aquella época, al igual que de la nuestra.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

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