Nº 1.712 – 23 de Abril de 2017

La ley de la selva ha llegado a imponerse en nuestras ciudades. Millones ignoran que antes que vecinos somos hermanos…

Pocos, muy pocos, reparan en la realidad de que somos hijos de un mismo Dios…

La humanidad no está formada por varias familias, sino que todos pertenecemos a una sola.

Y, sin embargo, tenemos que defendernos los unos de los otros…

Hemos llegado a vivir entre rejas y tras puertas blindadas.

Pero en nuestro interior existen semillas de bondad, de alegría, de sencillez, de amor, que nuestro Padre Dios nos ha regalado para que podemos sembrarlas en el polvo reseco de la ciudad, en los corazones de asfalto, en la contaminación del aire y del agua.

Puede sonar a locura, pero podemos confiar en que un día darán fruto, el del corazón de quien nos las regaló para que las sembráramos.

En medio de toda la maldad, Dios sigue siendo bueno, y continuará siéndolo por toda la eternidad.

Por eso Él hace salir el sol sobre buenos y malos, y su lluvia sobre justos e injustos.

La bendición de Dios recae sobre todos; su día no amanece solamente para unos, sino para todos.

Viste a los lirios y da comida a las aves, que ni tejen ni acumulan en graneros.

Dios es tan misericordioso que nunca espera que le demos nuestro reconocimiento para seguir dándonos el aliento y la luz.

La mayor alegría divina es nuestro descubrimiento de que el corazón nos fue dado para amar, y en él se halla nuestra verdadera identidad.

Nunca permitamos que se albergue en nuestro corazón aquello para lo que no fue diseñado, como el odio, la envidia o el rencor.

Cuando esos huéspedes extraños, ajenos, pasan a residir en nuestros corazones, comenzamos a sangrar, nos miramos unos a otros como si no fuéramos miembros de la misma familia, y añadimos cerrojos y puertas blindadas, no ya a nuestras casas, sino a nuestros propios corazones.

El reloj nos ayudará a no olvidar la hora; el calendario, a no olvidar la fecha; el diccionario, a no olvidar el significado de las palabras; pero el Evangelio nos ayudará a no apartar la mirada de Cristo.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

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