Archivo de la categoría ‘Año 2013’

Nº 1540– 29 de Diciembre de 2013

Nuestras vidas transcurren a gran velocidad. Ya nos encontramos en el umbral de un nuevo año. Nuestro planeta ha recorrido su ruta en torno a esta estrella que llamamos Sol. Le ha tomado un año, casi 365, hacer este viaje. Y ahora nos encontramos casi en el mismo punto del espacio en que nos hallábamos hace cincuenta y tantas semanas.

La persona más lenta, que no pierde vista su objetivo, irá siempre más rápidamente que la que va sin rumbo fijo. Hemos hecho presente a base de ir colisionando con nuestro futuro, y lo hemos realizado durante un periplo más; ese futuro que, como decía José Ortega y Gasset, “no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser”.

Si hay algo de lo que nos podemos sentir verdaderamente dueños, no es de nuestra vida, que está en las manos de Dios, sino de nuestros sueños. Por eso nos dice nuestro Señor que seremos como los que sueñan. (Salmo 126:1).

Nuestra vida puede ser, si así estamos dispuestos a contemplarla, un viaje en el que acompañemos a nuestros sueños, con las ansias, las ganas y el esfuerzo, y se convertirán en hechos concretos, en realidades que nos llenarán de asombro y satisfacción.

Para eso necesitamos dejarnos llevar por la mano de nuestro Señor Jesucristo. En eso consiste ser cristiano. Se trata de abandonar el palco de los espectadores para que no se nos escapen los sueños entre las manos, como cuando queremos retener el agua entre los dedos.

El mundo entero se aparta y hace lugar para que pase un hombre o una mujer que sabe quién es, de dónde viene y hacia dónde va.

Con Miguel de Unamuno, sabemos que el alma henchida no vive sólo del agua, sino sobre todo de la sed.

Existen mil rutas que pueden apartarnos del destino elegido, pero hay una, solamente una, que llega a él.

Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por Él.

¡Feliz Año 2014, y mucho amor!  Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1539– 22 de Diciembre de 2013

Cada año llega antes la Navidad, al menos en los grandes almacenes. Es tiempo de recordar nuestra extracción familiar, nuestros orígenes, nuestra infancia, los que ya partieron. Hay muchas cosas que vuelven en Navidad, pero ante todo y sobre todo deberíamos hacer memoria intensa del significado más profundo de la celebración: ¡Hemos sido perdonados por nuestro Dios por medio del sacrificio de Jesús de Nazaret!

El quinto paso en el proceso de Alcohólicos Anónimos es la “confesión”, es decir, admitir ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás, cuál es la naturaleza exacta de nuestros males. Y la experiencia muy común en los círculos de Alcohólicos Anónimos es que durante este quinto paso muchos reconocen haber sentido por primera vez la presencia de Dios en sus vidas. E incluso aquellos que ya tenían fe, fueron más conscientes de Dios como una realidad en su existencia.

Así podemos comprender el sentimiento de la necesidad de la paz en esta época, más allá del mercantilismo con que está rodeada. Esta necesidad de sentirnos uno con Dios, con nosotros mismos y con los demás, emerge de la soledad de nuestros corazones a través del compartir sinceramente la realidad de nuestra carga de culpabilidad, para cuyo peso no fuimos diseñados por Dios nuestro Creador.

La culpa nos priva del lugar de descanso que todo corazón precisa. Nos hace sentir miedo al pensar en Dios, porque creemos que Él es vengativo, como nosotros. Por eso muchos llegan a rechazarle, porque sólo es el producto de sus propios temores.  Ver a Dios en un recién nacido es el núcleo y la clave de la Navidad. Es acercarse a la realidad de que Dios no está con la mano alzada para golpearnos por nuestros pecados, fallos, caídas y fracasos, sino que esa mano está alzada para perdonarnos y bendecirnos.

Celebrar la Navidad es aceptar la misericordia divina; redescubrir la existencia de ese lugar de reposo en lo hondo de nuestro corazones.

¡Feliz Navidad y mucho amor!   Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1538– 15 de Diciembre de 2013

Al despertar cada mañana nos sentimos asaltados por los pensamientos de lo que tenemos por delante en la jornada: trabajos pendientes, problemas que resolver, decisiones que tomar, retos que se alzan frente a nosotros, preocupaciones de todo género…  ¡Y es tan fácil perder la paz cuando olvidamos la presencia de Dios en nuestras vidas! En medio del tráfico y el tráfago de la vida es muy fácil perder de vista las promesas de Dios: Que Dios nos ama; que ha venido a vivir en nosotros, convirtiéndonos en templo del Espíritu Santo; que ha prometido guiarnos a través de las noches más oscuras; que jamás nos dejará ni nos abandonará.

Esos pensamientos deben despertar con nosotros cada mañana. Nos inclinarán durante todo el día hacia la ruta que Dios ha preparado para nosotros. Por esa senda encontraremos momentos y ocasiones para reflexionar en nuestra pequeñez y la grandeza de nuestro Señor. Veremos anticipadamente nuestra debilidad ante la mundanalidad, y daremos los pasos necesarios para evitar muchas tentaciones. Comprenderemos que la vida se vuelve mundana cuando no vemos más allá de las apariencias. Todo esto nos ayudará también a tener presente que no somos eternos, sino mortales, finitos, que sólo Dios es inmortal: “Que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible.” (1ª Timoteo 6:14-16).

Esto nos ayudará a no caer en las redes del amor al dinero, en el afán por el lucro y la dominación, y muchas tentaciones y lazos, en codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. (1ª Timoteo 6:9-11).

Dios está en el umbral de cada día nuevo. Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1537– 8 de Diciembre de 2013

La mente humana es un vasto universo de pensamientos, una interminable corriente de imágenes e ideas que no sabemos detener.

No podemos parar este fluido de ideas, pero sí podemos escoger aquellas en las que optamos por detenernos y enfocar.

Dice un viejo proverbio oriental que “no podemos evitar que los pájaros de la preocupación vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí podemos evitar que aniden dentro de ellas.”

La sabiduría que encierra este proverbio radica en diferenciar entre lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer.

No es realista pensar que vamos a poder impedir que las preocupaciones circulen en torno a nuestras cabezas. Es más, tratar de hacerlo puede empeorar las cosas todavía más, por cuanto concedemos poder a aquellos pensamientos que tratamos de resistir.

Procurar no pensar en algo implica centrarnos todavía más en ello. De lo que se trata es de estar en paz con la realidad, o al menos con nuestra visión de esa realidad.

Pero podemos evitar que las preocupaciones aniden en nuestras cabezas. Podemos decidir sobre qué pensamientos vamos a edificar nuestra vida.

Podemos realimentarnos pensando en nuestras viejas heridas, lo que bloqueará completamente nuestro camino hacia el futuro.

Pero también podemos edificar nuestra vida sobre el sólido fundamento de la Eterna Presencia de Dios en lo más hondo de nuestro ser.

Así nos percataremos de que no tenemos necesidad de sentirnos jamás solos; nunca distantes del Dios Eterno que es Amor… Amor que ama perpetuamente.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1536– 1 de Diciembre de 2013

¿Cuáles son las cosas que verdaderamente pueden traer felicidad a nuestra vida?

Algunos han afirmado que esas cosas son amor, salud, fama…

Otros han asegurado que todo se ciñe y circunscribe al dinero.

Se cuenta que el Rabí Joshúa Liebman (1907-1948) confeccionó una larga lista de ingredientes para lograr la felicidad, pero cuando se la presentó a un anciano profesor suyo, hombre  que tenía la reputación de haber vivido una larga vida en santidad, éste le dijo que en aquella lista faltaba un ingrediente fundamental para alcanzar la felicidad: La paz de corazón.

Sin este ingrediente nunca podremos sentirnos felices, incluso poseyendo todos los bienes de la tierra, por cuanto aunque fuéramos dueños de todas las cosas bellas y valiosas del Universo, sin un corazón lleno de paz no lograríamos disfrutarlas jamás.

¿Cómo podemos alcanzar la paz de corazón? Sólo podemos experimentar esa paz cuando nuestra mente, en decir, nuestra alma, está en paz con Dios nuestro Señor…

Cuando mantenemos una relación amorosa con nuestro Creador y Redentor…

Cuando vivimos en paz armoniosa con nuestros hermanos y nuestros prójimos…

Cuando estamos auténticamente en paz con nosotros mismos…

Y todo esto se adquiere mediante pequeñas prácticas elementales, a las que vamos a dedicar nuestro boletín “Unánimes” en el curso de las siguientes semanas.

No son ejercicios difíciles, ni requieren conocimientos específicos previos sólo para iniciados.

Sobre todo, mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1535– 24 de Noviembre de 2013

Dios nos da de su gracia para que seamos prudentes en nuestros juicios, por cuanto las palabras son armas peligrosas que pueden producir mucho daño.

El Santo Espíritu de Dios nos es dado, entre tantas otras necesidades, para que no nos burlemos de los hombres, nuestros hermanos; para que no despreciemos a nadie.

Una palabra dura, una palabra fuerte, pueden arder durante mucho tiempo en un corazón sensible, y dejar una cicatriz honda.

Necesitamos aceptar que los otros sean otros; que piensen distinto a nosotros; que actúen de manera diferente a la nuestra; que sientan también de otra manera; y que hablen con acento distinto.

Las palabras deben ser luces, no nubes oscuras amenazadoras de tormenta. Las palabras deben ser instrumentos reconciliadores que acercan, que derrochan generosidad; que pacifican y suavizan.

Cuando las palabras se vuelven armas, y nuestras verdades son como “puños”, estamos traicionando al Artista de la Palabra que es Dios nuestro Señor.

Cuando hablemos, procuremos incansablemente que nuestras palabras sean mejores que nuestros silencios.

Un discípulo confesó su mala costumbre de repetir y divulgar todas las habladurías que llegaban a sus oídos. Su maestro le dijo sardónicamente: “Lo malo no es que repitas las habladurías, sino que cada vez lo hagas con mayor maestría.”

Tengamos presente que nada hay tan veloz como la habladuría y la calumnia. Ningún arma es tan fácil de lanzar, más fácil de aceptar, ni más rápida en extenderse.

Muchas veces me he arrepentido de haber hablado; nunca de haber callado.

Mucho amor y más cuidado con nuestras palabras.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1534– 17 de Noviembre de 2013

Dijeron los sabios antiguos que el sabio verdadero no dice lo que sabe, y que el necio no sabe lo que dice, sino que habla sin pensar, y es como si disparara sin apuntar. Los necios resultan estar entre los más peligrosos de los hombres.

La palabra que retenemos dentro de nosotros es nuestra esclava; la que se nos escapa es nuestra dueña.

El prudente piensa lo que va a decir antes de que la palabra salga de entre los dientes. De ahí la voz “pru-dente”.

Creo que los sabios de la antigüedad tenían pero que mucha razón.

Unos peces se preguntaban qué era el agua, pero no hallaban respuesta. Entonce decidieron dirigirse a un pez sabio. Éste les dijo que el agua estaba a su alrededor, y aun así creían estar sedientos.

Nos ocurre con frecuencia, que creemos que el puño vacío contiene algo, y que el dedo que señala es el objeto señalado.

Hay un área de ignorancia en la mente humana que nos inclina hacia lo irrelevante y trivial, y lo que es peor, nos obnubila la consciencia de lo real.

La mayoría de las veces nos oponemos a muchas cosas por la sola causa de desconocerlas, de ignorarlas.

Para el que posee percepción, un simple signo es suficiente para entender y ser entendido.

Para el que no está atento, mil explicaciones le resultarán insuficientes.

Por eso se repite en las Sagradas Escrituras que el que tenga oídos para oír, oiga.

Mejor que mil palabras sin sentido es una sola palabra razonable que traiga paz a quien oye.

Como bellas flores llenas de color y de perfume son las palabras fructíferas de aquel que obra según ellas.

Mucho amor y buenas palabras.  Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1533– 10 de Noviembre de 2013

Por medio del dolor y del sufrimiento nos recuerda nuestro Señor que el placer que a veces gozamos sólo es una débil indicación de la verdadera alegría de la existencia.

No sería jamás popular el predicador que enseñara a los hermanos la doctrina de Jesucristo respecto al dolor, el sufrimiento y los padecimientos.

Por eso esa enseñanza, como todas las demás del Maestro, jamás aparecen en los credos ni en las confesiones de fe del cristianismo organizado, centradas tristemente todas ellas en términos filosóficos que a la mayoría ni les interesan ni entienden.

Filipenses 3:8-10: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte.”

¿Podemos imaginar a un evangelista hacer la invitación a entregar nuestro corazón a Jesucristo para participar de sus padecimientos?

¿Acaso no enseñan la casi totalidad de los vendedores de religión métodos y sistemas para huir del dolor y del sufrimiento? ¿Quedaría algo de la burda charanga milagrera del evangelicalismo mediático de nuestros días si se predicara todo el Consejo de Dios, que comprende la doctrina del sufrimiento y la participación en los padecimientos de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo?

¿Estaremos ya sumidos en un cristianismo sin “Cruz”? ¿Habremos llegado ya al súmmum de la feria de las vanidades? ¿Habremos caído ya en lo hondo de la viscosa red del religionismo escapista de las realidades inmediatas?

Mucho amor en medio del sufrimiento.  Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1532– 3 de Noviembre de 2013

Treinta radios convergen en el centro de la rueda, pero lo que constituye a la rueda en rueda es el vacío entre los radios…  Lo verdaderamente útil para el carro no son los radios sino el vacío entre ellos.

Con arcilla se fabrican las vasijas, pero en ellas lo útil es su oquedad… Se agujerean puertas y ventanas en las casas, pero el vacío en ellas es lo verdaderamente útil para la casa… Es el espacio no construido en las edificaciones lo que les hace ser útiles y habitables.

Lo que realmente constituye el texto es el espacio en blanco dentro de cada letra, entre letra y letra, entre palabra y palabra, y entre línea y línea. De lo contrario, el texto sería un borrón indescifrable.

De muy poco sirve mirar hacia fuera. Es necesario darse la vuelta y mirar hacia dentro. Fuera sólo hay objetos. El sujeto siempre está dentro.

Fuera sólo está nuestra ausencia. La existencia está dentro. Por eso es que “arrepentirse” es “darse la vuelta”.

¿Qué es lo que estamos mirando? ¿Qué es lo que estamos esperando?

El roble es fuerte hasta que el viento lo abate; fuertes somos hasta que nos perdemos oteando el horizonte.

Estamos hechos de deseos, apegos, anhelos, inquietudes y toda una serie de intangibles que se apoderan de nuestra vida hasta no dejarnos vivir.

Si miramos dentro de nosotros mismos vamos a encontrar esa luz que alumbra a todo hombre, vamos a dejarnos dirigir hacia Aquél que es la Luz del Mundo, quien vino para mostrarnos el Camino al Padre.

No hay mayor tristeza que mirar siempre hacia fuera deseando, codiciando, sin saber cómo saciarnos. Por eso la mayor alegría y el gozo inefable es encontrar al Cristo Viviente por el Espíritu Santo que habita en nuestro interior.

Mucho amor y mucha mirada interior.  Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1531– 27 de Octubre de 2013

Cuanto más se tiene, más se desea, y en vez de llenar, abrimos un vacío imposible de satisfacer. De ahí se desprende que no puede haber futuro para una sociedad en la que imperan el afán por el lucro y la dominación.

El vacío es la realidad última de todas las cosas, de toda forma y de toda experiencia. Todo cuanto empieza, ha de acabar. Por lo tanto, no es el vacío el origen de todas las cosas, sino su realidad última.

No hay inmortalidad en el hombre, como afirma el espiritismo que Dios llama abominación.

Dios es el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible. Así lo enseña el Apóstol Pablo en 1ª Timoteo 6:13-16.

Será en la aparición de nuestro Señor Jesucristo, en el Gran Día de Dios, con el Segundo Adviento de nuestro Señor y Salvador, cuando nuestra corrupción será revestida de incorrupción, y nuestra mortalidad será cubierta con inmortalidad.

Es Dios quien da vida a todas las cosas, agrega el Apóstol Pablo. No somos inmortales, sino mortales. No somos “superhéroes” sino polvo de la tierra vivificado por un soplo de Dios, un beso divino. Urge ser más humildes. Sólo Dios es Dios. Y la inmortalidad divina es la fuente de la que procede la vida eterna que nos es concedida, no como derecho propio, ni como inmortalidad inherente que hubiera en algún plano de nuestra existencia, sino como regalo de la gracia divina.

La vida eterna no está ni en nosotros ni en ningún elemento de la Creación que tiene principio y fin, sino sólo, única y exclusivamente en la Persona del Verbo de Dios, Jesucristo el Señor, bendito por los siglos. Jesús ha dicho: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:25-26).

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

 

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