Archivo de la categoría ‘Año 2009’

Nº 1333– 27 de Diciembre de 2009

Hoy comienza la última semana del año 2009. A muchos de quienes peinamos canas, pensar en el año 2010 nos hace recordar aquellas novelas de ciencia-ficción que leíamos en los años 60 del pasado siglo, según las cuales los coches volarían por las ciudades, los aviones no consumirían combustible contaminante, los viajes interplanetarios tendrían propósitos científicos y turísticos y estarían al alcance de casi todos; habrían cesado las modas personales clasistas, por cuanto todos iríamos vestidos con una especie de pijama metalizado, y la sociedad se asemejaría a una colmena. Naturalmente, habrían desaparecido las enfermedades y el hambre en el mundo. La tierra sería un verdadero paraíso, como sigue cantando algún himno revolucionario antiguo, y una calma chica recorrería las naciones y los estados, con los gastos en armamento bélico como cosa del pasado, por cuanto el planeta entero sería patria de la humanidad.

Sin embargo, llegamos al umbral del año 2010 y las cosas no se asemejan a estas descripciones ni por aproximación. La humanidad ha sufrido más conflictos y crisis de naturaleza bélica, eufemismos para evitar la voz “guerra”, en lo que llevamos de la primera década del siglo XXI que en los últimos cien años. Los vehículos a motor de combustión interna siguen consumiendo derivados contaminantes del petróleo y las aeronaves no son propulsadas por motores inocuos para la atmósfera. Las enfermedades no sólo no han desaparecido, sino que las pandemias, epidemias y plagas aumentan mucho más allá de lo que nos cuentan. Las hambrunas subsaharianas superan la imaginación, con cuarenta mil niños muriéndose de hambre cada día, equivalente a ochocientos aviones “jumbo” que cayeran al suelo cada 24 horas. Los gastos armamentísticos alcanzan cifras astronómicas.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1332– 20 de Diciembre de 2009

Hay hombres que ignoran a Dios.

Hay hombres que hablan a Dios.

Hay hombres que guardan silencio delante de Dios.

Pero pocos son los que escuchan a Dios.

No es lo mismo guardar silencio que escuchar atentamente.

Estar en silencio es imprescindible para escuchar atentamente a Dios.

El silencio es pasividad negativa, mientras que la escucha es positiva.

Pero ¿quién se atreverá a enseñar que la oración ha de ser escucha?

¿Quién osará decir que las palabras siempre entorpecen la audición?

¿Quién escandalizará enseñando que incluso el silencio impide oír?

La verdadera escucha es permanecer alerta, en espera, sin decir nada.

Esa fue la actitud de aquellos pastores de los campos de Belén.

“Noche de Paz” fue originalmente “Noche Silenciosa”.

Así escucharon a los ángeles anunciadores del nacimiento de Jesús.

Seguramente hubo entre aquellos pastores quienes nada esperaban.

También quienes guardaron silencio porque esperaban con todo su ser.

Sören Kierkegard decía que no se logra una auténtica oración mientras no se alcanza esta clase de escucha.

Quiera el Señor que esta Navidad sea un tiempo de escucha, de estar atentos y alerta.

No será fácil, pero hemos de esforzarnos por comprender valientemente la futilidad de tantas cosas y tantos ruidos.

¡Feliz Navidad y mucho amor!

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1331– 13 de Diciembre de 2009

La tradición cristiana nos mueve a pensar en este mes en el nacimiento de Jesús de Nazaret, en la encarnación del Verbo de Dios, quien es Dios, y fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

En el Evangelio de Lucas resulta evidente que éste quiso pintar un díptico de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret, en el que sería bueno meditásemos en estas fechas.

Juan el Bautista es, como le describe Lanza del Vasto, discípulo cristiano de Gandhi, “la sombra del cuerpo de Jesús, quien anda a ras del suelo, a lo largo del camino.”

Y la sombra se parece al cuerpo, rasgo por rasgo, gesto por gesto, pero al mismo tiempo se opone a él.

Juan el Bautista es el hijo de la esterilidad y de la vejez de Elisabet y Zacarías.

Es del tronco de Israel, antiguo y algo seco, pero retoño digno de alta nobleza, no como el mundo la entiende, sino como Dios la designa.

Juan el Bautista abandona la ciudad, huye del templo, y se hunde en la profundidad del desierto de Judea.

Jesús de Nazaret nace de la doncella intacta, por cuanto Él es el sol naciente que visita el mundo; y la fuente de agua viva que quita la sed para siempre.

Jesús llega desde una aldea alejada y cruza el desierto para enseñar en los pueblos y ciudades, para instruir en los atrios del templo, para liberar y sanar a cuantos oprimidos salen a su paso.

Juan el Bautista se abstiene del pan y del vino, se distancia de todo y de todos; pero Jesús de Nazaret come y bebe, y se da a sí mismo dejándonos pan y vino para hacer memoria de Él, de su cuerpo y de su sangre, es decir, de su vida.

Juan el Bautista, el asceta, practica el ejercicio de la purificación, que es la preparación del camino al que viene tras de él.

Juan el Bautista es ciertamente el umbral y vestíbulo de la historia de Jesús el Cristo.

 

 

Nº 1330– 6 de Diciembre de 2009

El perdón de Dios no es solamente un acto judicial por el cual Jesús reclama el castigo que nosotros merecemos para recibirlo sobre sí mismo, en nuestro lugar, en perfecta substitución.

El perdón de Dios no es sólo por el pecado, sino por la completa restauración de la relación entre el hombre y Dios.

Esa restauración es la salvación en esta vida, en este mundo, y su plenitud acontecerá en el mundo venidero o vida eterna.

El perdón de Dios es redención del pecado, pago de una deuda que nosotros jamás podríamos pagar.

El perdón de Dios es la efusión de amor redentor que transforma el corazón del hombre.

El amor y la misericordia divinas son los agentes que hacen posible el perdón de Dios para todo aquel que cree, que se fía de todo corazón, en Jesucristo como único Señor y Salvador personal, eterno y todo suficiente.

No existe medio alguno para ganar ese perdón, sino sólo aceptarlo reconociendo la realidad de nuestro pecado, la insuficiencia de nuestras obras de justicia, si las hubiere, y arrepintiéndonos genuinamente, de corazón, dándonos la vuelta en nuestro camino.

Afirmamos con todas nuestras fuerzas que el perdón divino es absolutamente gratuito, y, sin embargo, con las mismas fuerzas afirmamos que ese perdón no es barato.

¿Cómo es posible semejante aparente contradicción? Esto lo empezamos a comprender cuando somos hechos conscientes por el Espíritu Santo de cuánto tuvo que pagar el Padre en la Persona del Hijo al darle en rescate por nuestra vida muerta en delitos y pecados.

Ese es el reconocimiento del amor que constituye el regalo, que lo forma y lo envuelve, como anhelo inefable del Padre por reconciliarse con sus hijos perdidos.

Por un amor como el divino y una necesidad como la nuestra, el Verbo de Dios fue hecho carne, habitó entre nosotros y entregó su sangre por ti y por mí en la Cruz del Gólgota.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1329– 29 de Noviembre de 2009

El genuino arrepentimiento está siempre relacionado con el dolor que sentimos por haber producido algún daño a alguien a quien amamos.

Y mientras más amamos a una persona, más hondamente se quebranta nuestro corazón al saber que le hemos producido una herida.

Así podemos comprender el verdadero sentido del arrepentimiento para con Dios nuestro Señor.

Una cosa es sentirnos tristes y arrepentidos por las consecuencias de nuestras malas acciones, y cosa muy diferente es sentirnos tristes y arrepentidos por el daño producido a Dios nuestro Señor.

Por eso es que el verdadero arrepentimiento es obra de la bendita Persona del Espíritu Santo, quien nos revela la ingratitud de corazón que ha habido por nuestra parte al despreciar y agraviar al Salvador al desatender su consejo, desobedecer sus mandamientos y apartar de Él nuestra mirada.

Así es como el Santo Consolador nos conduce arrepentidos, contritos y humillados a los pies de Jesús, quien en la Cruz del Calvario cargó con todos nuestros pecados, ocupando Él nuestro lugar.

Hay genuino arrepentimiento cuando somos hechos conscientes por el Espíritu de Dios de que hemos vuelto a herir a Jesús con nuestro pecado, y al contemplar al Señor traspasado por nuestra maldad, lloramos por nuestros pecados y transgresiones que produjeron angustia en el tierno corazón del Maestro.

Ese es el proceso mediante el cual el Señor bendito nos induce a renunciar al pecado y a buscar ser llenos con su Santo Espíritu.

A medida en que seguimos al Señor y aprendemos a amarle y a confiar en su amor, descubrimos que experimentamos una tristeza genuina cuando le causamos un dolor.

En esa misma medida, somos hechos conscientes de que nuestro Señor sufre también los dolores que podemos producir a nuestros hermanos y a todos los hombres en general.

Este arrepentimiento es la tristeza según Dios nuestro Señor, señal inequívoca de haber respondido al dolor del Espíritu Santo contristado en el corazón de los hijos e hijas de Dios.

Esa tristeza del arrepentimiento genuino es la única tristeza de la que no hemos de arrepentirnos.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

 

Nº 1328– 22 de Noviembre de 2009

Mientras que el legalismo ha conducido y conduce a muchos religiosos a medir el día de reposo mirando al calendario y al reloj, cuando no  confundiendo los conceptos de “día de reposo” con “día de culto”, a muchísimas almas les pasa completamente inadvertido el sentido esencial del mandamiento divino respecto a la santificación del tiempo y el descanso semanal.

Dios ordena el descanso, el reposo, con un propósito: Recordar y conmemorar cada semana la Creación Divina y la dignidad de todos los hombres por igual.

Nosotros asociamos esa celebración también a la obra redentora de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro.

Dios ordena el descanso semanal para beneficio de todos los hombres y de todos los demás seres vivos.

Dios nos enseña de esa manera que también los campos y las aguas deben reposar para evitar de esa manera que sean esquilmados.

Cuando los hijos e hijas de Dios entendemos y vivimos el descanso semanal damos testimonio de nuestra fe y obediencia a Dios en un mundo en que el hombre se erige a sí mismo en “señor” y “dueño” de la Creación.

Preguntémonos qué lugar ocupa la santificación del tiempo en nuestras vidas.

Preguntémonos qué espacio ocupa en nuestra vida la memoria y la celebración de la Creación.

Preguntémonos qué tiempo de calidad producimos en nuestra vida para conmemorar y celebrar la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

Preguntémonos si discernimos entre los tiempos y los espacios, o si por el contrario vivimos en una oscuridad más profunda que las bestias, que al menos distinguen entre la alborada y el ocaso.

¿Cómo es que Jesús tuvo tiempo para todo y guardó el día de reposo, en el que descansó, enseñó y mostró de manera particular las obras de Dios entre los hombres, y hoy tantos cristianos no tienen ni tiempo ni deseo para Dios y sus hermanos?

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1327– 15 de Noviembre de 2009

Cuando los griegos regresaban de Troya, el curso de las aguas les condujo a la isla de las sirenas.

Habían sido advertidos que bajo ningún pretexto escucharan sus cantos ni se dejaran seducir por ellas.

Los dulces cantos de aquellas ninfas les arrastrarían para ser atrapados por las olas y perecer bajo las aguas.

Odiseo mandó taponar los oídos de los marinos con cera derretida para no dejar que los cantos penetraran.

Pero cuando los argonautas fueron seducidos hacia el lugar de las sirenas, Orfeo tomó su lira y comenzó a entonar una melodía para contrarrestar el encanto de las ninfas.

Tan poderosamente logró captar la atención de los hombres, que lograron pasar junto a la isla de las sirenas y distanciarse hasta quedar fuera de peligro.

Aunque esto es pura mitología, nos sirve para ilustrar lo que acontece cuando el Santo Espíritu de Dios conquista nuestros oídos. Entonces podemos romper la hechicera atracción del tentador.

Cuando el Santo Espíritu de Dios satura nuestro ser, los cantos tentadores no hallan espacio en nuestra vida, y las turbias solicitaciones del mal no reciben respuesta de parte de los fieles.

Cuando el Consolador llena nuestra vida, los dardos encendidos del enemigo de nuestra alma no pueden atravesar la coraza de justicia con que el Eterno reviste a sus hijos e hijas.

Pidamos al Señor la llenura de su Santo Espíritu y pasaremos junto a todas las tentaciones entonando el canto de la victoria que Jesucristo ha ganado para nosotros en la Cruz del Calvario.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1326– 8 de Noviembre de 2009

Ignorar o prescindir de la bendita Persona del Espíritu Santo al acercarnos a las Sagradas Escrituras es cometer una auténtica locura.

Sin la participación del Santo Consolador, su exclusivo Inspirador, la Biblia solamente es papel y tinta, o cualesquiera de los otros soportes electrónicos de nuestros días.

La Sagrada Escritura cambia y se muda cuando vamos a ella sólo con nuestros ojos y demás sentidos. Podemos entonces convertirla en caprichoso fundamento de nuestros deseos, hasta proyectar sobre ella nuestras ideas apriorísticas.

Pero la letra se vuelve Palabra de Dios, incambiable e inmutable, cuando nos ponemos bajo la luz del Paráclito.

No podemos leer la Escritura en la oscuridad, sino bajo la luz inspiradora que la produjo y la trajo hasta nuestras manos.

Sólo desde esta consideración podemos comprender los errores doctrinales y las desviaciones de las verdades bíblicas que tanto se han dado y se dan en la historia de la iglesia.

Solamente un alma iluminada por el Santo Espíritu de Dios puede aproximarse a una Biblia iluminada.

Es la presencia del Santo Espíritu de Dios en nuestros corazones la que convierte a la Biblia en un libro vivo y nuevo para todo discípulo de Jesucristo.

Es la inspiración divina en la Escritura hecha Palabra la que convierte a la Biblia en mensaje fresco para cada generación, como un soplo que proviene del corazón de Dios.

El Espíritu nos habla por medio de la Palabra, y la Palabra es el primordial medio de Dios para hablarnos.

La Sagrada Escritura se vuelve así no sólo Palabra hablada, sino Palabra hablante.

Así es como deja de ser un frío eco de un remoto pasado para convertirse en la voz divina que nos alcanza en nuestro presente.

Así es como la Palabra de Dios llega a nuestro corazón invitándonos al diálogo, a dejarnos atravesar por ella.

No podemos leer en la oscuridad. No olvidemos invocar al Santo al aproximarnos a la Escritura.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1325– 1 de Noviembre de 2009

Se cuenta que Confucio, el sabio oriental, en una explosión de enfado ante el constante fracaso de sus discípulos, exclamó que no había conocido a un solo hombre que fuera capaz de confesar su pecado sin disculpas ni paliativos.

Hemos de reconocer que Confucio no ha estado sólo en semejante situación. Pocos, muy pocos, son los hombres y mujeres que reconocen su pecado y lo confiesan.

Es extremadamente difícil hallar a pecadores dispuestos a reconocer su pecado, a confesarlo y asumir su culpa.

Sin duda esa es la razón principal por la que tantos optan por no rendir su corazón a Jesucristo, e igualmente la razón por la que hoy tristemente se predica el Evangelio en muchos lugares sin hacer mención al pecado, a la necesidad de confesarlo y de arrepentirse.

La conciencia del hombre, endurecida por la perseverancia en el pecado, en esa condición que la Biblia califica de “muertos en nuestros delitos y pecados”, no puede aceptar la realidad de la culpa y del pecado personal.

El reconocimiento del pecado y la confesión, el arrepentimiento y la búsqueda del perdón, son los pasos que el hombre no pede dar sin la participación de la bendita Persona del Espíritu Santo.

La convicción de pecado es una obra extraordinariamente difícil que sólo puede realizar el Espíritu de Dios mediante su suprema luz y su sabiduría excelsa.

Si no has procedido al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo como único Señor y Salvador personal, eterno y todo suficiente, hazlo en este día y hora. Y si ya lo has hecho, vive en gratitud al Señor que te amó de tal manera que dio a Jesucristo en rescate por tu vida.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1324– 25 de Octubre de 2009

Ningún símbolo ni metáfora alguna es suficientemente grande y variopinta para expresar todas y cada una de las manifestaciones del Santo Espíritu de Dios entre los hombres.

De ahí se desprende que en las Sagradas Escrituras nos hayan llegado tantos signos, símbolos, figuras y metáforas para mostrarnos la presencia y la labor del Santo Paráclito enviado por el Cristo glorificado para no dejarnos huérfanos.

Pero también podemos hallar figuras extraescriturales que nos hablan de la obra del Espíritu Divino. Y una de ellas es aquella en la que se nos presenta la iglesia universal bajo el símil de un inmenso órgano dotado de innumerables teclas y registros, a través de los cuales el Santo Consolador sopla el aliento de Dios.

Esa es la bendita sinfonía que va creciendo y extendiéndose de manera más amplia y dulce en el curso de los siglos y las edades, hasta el día glorioso en el que la polifonía de todas las criaturas explote y llene todos los universos de la Creación divina.

Ese será el momento en el que el coro angelical y las nuevas voces de todos los redimidos de todos los tiempos, cuantos vivieron y durmieron en la esperanza del Deseado de las naciones, alcance los más recónditos espacios, hasta los rincones más inimaginables de la Creación, exaltando a Dios nuestro Señor y al Cordero que fue inmolado por los pecados de los hombres.

A ese concierto cósmico estamos invitados todos cuantos rindamos nuestra vida a Aquel que nos amó y rescató de nuestra vana manera de vivir mediante el pago del precio de su propia vida, limpia y sin mácula. Ese es el Justo que entregó su vida por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios.

¡No nos perdamos este concierto universal por rechazar orgullosamente el magno regalo de la redención que Dios nos ofrece en la persona, obra y sacrificio de Jesús de Nazaret!

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

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