Archivo de la categoría ‘Año 2010’

Nº 1385– 26 de Diciembre de 2010

Inauguramos la última semana del año en que completamos la primera década del siglo XXI.

Se abren puertas nuevas ante nosotros para que aprendamos algunas lecciones importantes, como, por ejemplo:

Volver a ser inocentes; y amar, orar y bendecir a nuestros enemigos y perseguidores…

Rendirnos ante la evidencia de que las contiendas, los odios, la ira y el amor no podrán jamás convivir…

Aceptar que Dios hace salir el sol sobre todos, sobre malos y buenos…

Que con la misma lluvia se riegan los campos de mies y las zarzas y espinos…

Reconocer que este es el día que hizo el Señor para que nos regocijemos en él…

Que a los 99 grados el agua sigue siendo agua, y que hay que subir a los 100 para que se vuelva vapor…

Que la transformación del corazón del hombre es interior, y acontece de dentro hacia fuera…

Que la más pequeña llama puede iluminar desde muy lejos y a todos…

Y esa llama es el amor perdonador con que hemos sido perdonados por Dios para perdonar a otros…

Esa luz es la que animará a  otros a emprender el camino a tientas, pero que se irá haciendo mayor cada día, hasta alumbrar más que la Aurora…

Esa luz resplandece cuando alguien nos golpea, y nosotros seguimos sonriendo… Cuando el odio de otros nos alcanza, pero el amor de Dios sigue floreciendo en nuestros corazones…

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor

 

Nº 1384– 19 de Diciembre de 2010

En el llamado “Tercer Mundo” no habrá mesas cubiertas de suculentos manjares en esta Navidad. Están acostumbrados. Tampoco habrá disponibilidad de médicos ni medicinas suficientes. Es lo habitual. Nadie echa de menos lo que nunca ha tenido.

Las carencias en algunos lugares serán verdaderamente descomunales.

Pero no penséis que en este Occidente de la abundancia faltarán carencias, por muy llenos que estén los escaparates de los grandes almacenes.

Faltarán hogares completos…

Faltará armonía en muchos de ellos…

Faltarán familias reconciliadas…

Faltarán el gozo y la alegría que las cosas materiales no pueden aportar…

Faltará la energía divina que viene con el pan de cada día, cuando Dios no está ausente en medio de la abundancia…

Faltarán risas sin necesidad de alcohol, y conciencias limpias…

Las carencias no serán de la misma naturaleza que en otras latitudes, pero no por eso dejarán de ser carencias.

Faltará gratitud a Dios, respuesta a su llamada, decisión para el compromiso…

Pero a algunos de nosotros no nos falta ni nos faltará esperanza para seguir creyendo que el Evangelio es poder de Dios para salvación…

Que Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos… Y que Dios por su Espíritu Santo sigue queriendo hacer nuevas todas las cosas.

Mucho amor… y ¡Feliz Navidad!

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1383– 12 de Diciembre de 2010

La “Historia de los Concilios de la Iglesia” es muy extensa. Tengo una entre mis libros que ocupa varios volúmenes. Pero he tratado de hallar la “Historia de las Reconciliaciones”, y no he podido encontrarla.

¿Será que nunca me interesó y por eso no la compré? ¿Será que no la promocionaron suficientemente? ¿Será que nadie la ha escrito hasta el momento? ¿Será que pasa inadvertida por su minúsculo tamaño?

El enfado es imposible de evitar, la ira es una reacción fuerte, pero todo eso pasa y se diluye como la neblina de la mañana, por cuanto no hemos sido diseñados por Dios para arrastrar las pesadas cargas de los enfados, los malos humores y las reacciones iracundas sobre nuestras conciencias.

Pero el rencor, el resentimiento y la crueldad van más allá, mucho más allá. Por eso es que al Señor le preocupa que nuestro enojo continúe después de que el sol se haya puesto, para que no degenere hasta convertirse en rencor .

Nos parecería necio pedirle perdón a la puerta que golpeamos, pero paradójicamente no nos pareció necio enfadarnos con ella. Se nos antojaría sin sentido pedir perdón a la mesa por haberla golpeado en nuestro enfado, pero no pensamos que fuera de mentecatos hacerlo como si estuviéramos enojados contra ella.

La reconciliación es terapia divina, medicina del cielo, salud exuberante de las alturas, rocío de las más elevadas cumbres, lluvia fresca y sol que entona nuestro cuerpo y el resto de nuestro ser. La reconciliación es el tratamiento rejuvenecedor que nos baña en las aguas de salud del balneario de la armonía divina.

¿Vives reconciliado con Dios, contigo mismo y con tu hermano? Eso sólo es posible viviendo en la amistad de Jesucristo. Escribamos, amados hermanos, nuestra página personal en la gran “Historia de la Reconciliación”.

Mucho amor.     Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1382– 5 de Diciembre de 2010

Decir “no” a la vida es decirle “no” a Dios.

Decir “no” al que te pide es decirle “no” al Señor.

No ver a nuestro prójimo es no ver a Dios.

Dios toca a través de las manos de los hombres.

Besa a través de nuestros labios.

Acaricia por medio de nuestras manos.

Los ojos de Dios son los ojos de todos los hombres.

Nos ve a través de los ojos de los demás.

Los demás son los ojos que nos ven.

Y nuestros ojos sirven para ver a Dios en los ojos de los otros.

Así es como podemos aproximarnos a las palabras de Jesús de Nazaret y desposeerlas de la espesa capa de eclesiasticismo con que llevan siglos cubiertas.

Dios es amor y vida.

Palpita en los latidos de tu corazón y en la sinfonía formada por los latidos de todos los demás.

Discurre en el torrente de nuestra sangre, la de todos.

Cuando nos allegamos a esto, todas las cosas se simplifican.

La oscuridad huye avergonzada de nuestro corazón.

Nos percatamos de que no somos islas distantes, sino un inmenso y complejo continente amado por Dios.

Descubrimos que los más sublimes sacramentos de la presencia de Cristo Jesús son la compasión y la misericordia.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

 

 

Nº 1381– 28 de Noviembre de 2010

Jesús escandalizó a todos, y siempre.

Quien dice la verdad siempre escandaliza.

Los profesionales de la mentira jamás escandalizan.

Son como los políticos, que para serlo nunca podrán creer su propio discurso.

La sola presencia de Jesús resultaba escandalosa a todos, excepto a los más pobres del rebaño.

Jesús siempre fue una amenaza a los embaucadores de cualquier ropaje, y especialmente a los religiosos.

Los encumbrados se sintieron amenazados ante la altura del hijo del carpintero de Nazaret.

Las montañas no se sienten amenazadas por la cordillera del Himalaya, ni los ríos por el Amazonas; pero los hombres no somos ni montes ni ríos.

Los arrogantes, los egoístas, los manipuladores de los hombres sus hermanos, rechazaron a Jesús, y lo siguen haciendo hasta el día de hoy.

Los religiosos, para no ser descubiertos, fraguan a un “Jesucristo” a su medida, a quien encierran en sus ritos sacramentales, asegurándose de que no se escape.

Así fue como Jesús fue extranjero en su propia tierra. De ahí que a lo suyo viniera, pero los suyos no le recibieran.

Jesús vio a la gente, subió al monte, se sentó, se acercaron sus discípulos, abrió su boca y habló a todos.

No nos escandalicemos de Jesús.

Amémosle, porque Él nos amó primero.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1380– 21 de Noviembre de 2010

Nuestra cosecha responderá siempre a la realidad de nuestra siembra. Esperar lo contrario es signo de ser auténticamente mentecatos; y un hijo o una hija de Dios no debe ser tal cosa.

Cuando los pobres se empeñan en sembrar la simiente de los ricos, se engañan a sí mismos, por cuanto carecen de esa mies; entran en la espiral de la frustración y el desengaño; sufren y hacen sufrir.

La simiente de los pobres es el amor. Es la mies de los más sencillos. De ahí que el camino de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo haya sido siempre el del amor.

Por eso es que los milagros de Jesús de Nazaret fueron todos ellos entre los pobres, con los sencillos, entre la gente común, en el ámbito en el que el corazón predomina sobre la cabeza; es decir, sobre los intereses mercantilistas.

El corazón no es un mercado en el que se especula, se compra y se vende, sino un árbol cuyas ramas se extienden para que las aves hagan sus nidos, para dar sombra a los hombres cansados. Tampoco es el corazón como una flor que crece rápidamente, pero que también es efímera y en pocos días se pone mustia, se seca y desaparece.

El corazón de los pobres auténticos, de los pobres en espíritu, es como un árbol al que le toma mucho tiempo crecer y desarrollarse; frente al cual es menester usar de la paciencia, del discurrir del tiempo, de las lluvias y los soles.

Los ricos no tienen tiempo para eso. Sus días, como sus inversiones, están calculados, estudiados, planificados; pero los pobres tienen tiempo, mucho tiempo, porque es su depósito millonario.

Por eso los pobres siguieron a Jesús, y dejaron que el Maestro les enseñara a canalizar su energía hacia sus corazones, como hacen los niños, a quienes pertenece el Reino de Dios.

No lo dudemos ni un instante: Segaremos lo que sembremos.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1379– 14 de Noviembre de 2010

Todos o casi todos hemos oído hablar de León Tolstoi, y algunos incluso hemos leído alguna de sus obras. Pero no son tantos los que le ha conocido en su dimensión espiritual, como fiel cristiano.

En una de sus obras dice así: “Cristo es Dios y el hombre trabajando juntos, caminando juntos, danzando juntos.”

Urge sacar a Jesucristo del embrollo religioso en que le hemos encerrado desde hace tantos años.

Agustín de Hipona dijo: “Sin Dios el hombre no puede existir; sin el hombre, Dios no existe.”

Es de pura lógica: ¿De quién sería Dios el Dios Eterno sin criaturas?

¿Para qué y para quiénes la belleza sin la existencia de un ojo que la apreciara?

¿Dónde estaría la grandiosidad de los mares sin nadie que la percibiera?

El hombre a solas es absolutamente impotente. Por eso Jesús nos ha dicho que separados de Él, nada podemos hacer.

La impotencia del hombre radica en su soledad, en su descartar u olvidarse de Dios…

La soledad del hombre es la raíz de todas sus angustias, y el ámbito de todas sus vacuidades.

Por eso Jesucristo es, como dijeron los antiguos, “Dios verdadero, y Hombre verdadero”.

Es la unión de lo Infinito con lo finito: El Verbo, quien es Dios, y que es hecho carne para habitar entre nosotros, como uno de nosotros, para dar su vida por nosotros.

Urge sacar a Jesucristo del embrollo religioso, y ponerse a caminar con Él, a trabajar con Él y a danzar con Él.

Mucho amor. 

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1378– 7 de Noviembre de 2010

Jesús nos dejó el fruto de la vid para conmemorar su sangre, pero  nos hemos quedado muy cortos en la interpretación de su significado. Por la propia definición de “símbolo”, éste supera siempre nuestra visión temporal de todas las cosas.

Las uvas tienden a extinguirse. Son momentáneas. No las podemos guardar durante mucho tiempo, porque se pudren. Pero cuando son machacadas y su mosto fermenta y sus azúcares se transforman en alcohol, el vino resultante puede durar por largos días. 

Así es que llega a ser más apreciado cuanto más añejo. Y por eso hablemos del “espíritu” del alcohol. Y quizá también de ahí se derive su peligro en su abuso, entiéndase, en su mal uso.

Desde el principio del ministerio público de Jesús vemos su metáfora milagrosa al transformar el agua en vino. No por ser literal deja de ser metáfora, y no por ser metáfora deja de ser real.

Las cosas del mundo espiritual resultan difíciles de expresar con palabras abstractas. Necesitamos de parábolas, alegorías, símbolos y demás figuras de retórica.

Hay mucha “agua” estancada en nuestros cuerpos y mentes que necesita de la transformación en “espíritu”. Precisamos de la conversión de lo que no perdura en aquello que permanece.

El agua estancada llega a oler muy mal, pero el mosto del fruto de la vid puede guardarse, retenerse, y adquirir más dulzor con el paso del tiempo.

Por eso es que el agua es metáfora de la vida que ha de discurrir, si no queremos que se corrompa; pero Jesús nos deja el fruto de la vid como metáfora de lo eterno, de lo que permanece para siempre.

Ahora bien, la transformación implica siempre sacrificio, como el grano de cereal en pan; como el fruto de la vid en vino; como la oliva en aceite.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1377– 31 de Octubre de 2010

Todos sabemos que Jesús lavó los pies de sus discípulos más íntimos. Nosotros siempre lo hemos visto como un acto de humildad, y en verdad lo fue, pero su significado espiritual es de mucha más importancia.

Todos hemos escuchado que en los días de Jesús en la carne los caminos no eran nuestras carreteras y autopistas, sino sendas de tierra, pedregosas y polvorientas; y el calzado eran sandalias, por lo que el lavado de los pies a la llegada a una casa era imprescindible, y de mucho agradecer.

Eso es cierto, pero los pies de los hombres son también un símbolo de nuestro caminar, de nuestro existir, y de la manera de relacionarnos con los demás hombres. Nuestro andar con el Señor por los senderos de la vida también precisa, pues, el lavamiento y el refrescamiento que sólo el Espíritu Santo, simbolizado por el agua, puede y quiere darnos.

Pero Jesús no sólo lavó los pies de sus discípulos, sino que también ordenó que nos los lavásemos los unos a los otros, lo que, además de su sentido natural, significa que no podemos en el seguimiento de Cristo dejar de ayudarnos fraternalmente, y lavarnos igualmente nuestras suciedades; refrescarnos en medio de las circunstancias adversas de la vida, y alentarnos en el diario vivir.

Para el Apóstol Pablo, esta actitud representa un incuestionable signo de madurez en el discipulado cristiano: “Así que los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación. Porque Cristo no se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que le vituperan, cayeron sobre mí.” (Romanos 15:1-3).

¿Estamos lavando los pies de los discípulos o nos contentamos con mantener limpios los nuestros? ¿Se reduce nuestro cristianismo a agradarnos a nosotros mismos o somos conscientes de que hemos de sobrellevar las cargas de los otros?

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

Nº 1376– 24 de Octubre de 2010

Todo este mundo nuestro podría ser una estrella al amanecer…

Una burbuja en medio de un torrente…

Un relámpago en una nube estival…

Una vacilante llama…

Una pluma de ave que la corriente se lleva al océano…

Un sueño…

Cuando abro mis ojos hacia el mundo exterior, me siento como un grano de arena en la playa de cualquier mar; pero cuando cierro mis ojos y miro hacia mi ser interior, veo todo el Universo como esa estrella, como esa burbuja, ese relámpago, esa vacilante llama, esa pluma de ave arrastrada por la corriente, y ese sueño.

Cuando mi mente vaga y mi corazón se hace sentir en el palpitar y en la respiración, descubro que Él está ahí, suave, dulce y callado, dispuesto a hablar sólo cuando es preciso.

Se alegra cuando piso sobre una huella de Jesús de Nazaret; se entristece cuando aparto mis ojos del Maestro y caigo en algún bache o en alguna cuneta del camino.

Cuando entro en contacto con Él, soy hecho consciente de mi propia existencia y logro mantener el sol de mi atención brillando continuamente, en todo cuanto suceda, en cada cosa y en cada ser.

Cuando siento su presencia en mi vida, dejo de buscar cosas extraordinarias, porque es la mirada extraordinaria suya, de la que me hace partícipe, la que me permite descubrir piedras preciosas en medio de la basura y los desperdicios.

Es el momento en que los problemas dejan de serlo para convertirse en retos y oportunidades, fuentes de inspiración para seguir caminando.

Tu Universo estará siempre donde Él está.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

 

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