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Nº 1.744 – 3 de Diciembre de 2017

La mente del hombre –varón y mujer- puede asemejarse a un jardín que podemos cultivar inteligentemente, o bien dejarlo que se vaya arruinando poco a poco, siendo invadido por hierbas salvajes y habitado por alimañas. Ahora bien, tanto en un caso como en el otro, la tierra dará un producto. Si no sembramos semillas buenas y útiles, entonces aparecerá una gran abundancia de malas hierbas improductivas. Y éstas seguirán produciendo y reproduciéndose según su especie. De la misma manera en que el jardinero eliminará las malas hierbas del terreno, y en su lugar cultivará las flores y los frutos que desea, así también nosotros debemos echar fuera todos los pensamientos malos, inútiles e impuros, para poder cultivar hacia la perfección todas las flores y frutos de que brotarán de los pensamientos puros, sanos y buenos.

Tarde o temprano todos descubrimos que somos el “jardinero” de nuestra mente. Y en ese descubrimiento hallaremos también la clave para comprender la manera en que la fuerza del pensamiento y los elementos mentales operan en el proceso de la configuración del carácter, de las circunstancias y del destino.

El pensamiento y el carácter son una misma cosa. Y del mismo modo que el carácter sólo puede manifestarse y descubrirse a sí mismo por medio de las circunstancias y el entorno en que nos desenvolvemos, las condiciones externas de la vida de una persona siempre se hallarán armónicamente relacionadas con su estado interior. Ahora bien, esto no significa que las circunstancias de una persona en todo momento de su vida sean un indicativo absoluto de la plenitud de su carácter, sino que esas circunstancias se encuentran íntimamente conectadas y relacionadas con algún elemento del pensamiento, y que en ese momento tales circunstancias son indispensables para el desarrollo del ser.

Todo ser es lo que es por la ley de su ser. Los pensamientos con los que se ha construido el carácter nos han llevado hasta donde nos encontramos. La casualidad queda descartada por la “causalidad” que se encuentra en el pensamiento propio. Las circunstancias atrapan al hombre mientras él cree ser una criatura de las condiciones externas a él, pero cuando se percata de que es un ser creativo, y que tiene poder para ordenar el suelo y las semillas de la mente, entonces puede emprender el  camino que Dios nos propone y regala: “Jesucristo es ese camino, esa verdad y esa vida.”  Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.743 – 26 de Noviembre de 2017

Incluso en los estados de máxima debilidad y abandono, el hombre –varón y mujer- sigue siendo capaz de tomar decisiones; pero, claro está, en los estados de debilidad y abandono extremos es el hombre degradado quien tomas las riendas y malgobierna la casa.

Cuando comienza a reflexionar sobre la situación y condición en que se halla, y busca diligentemente la Ley sobre la que se establece su ser, entonces puede el ser humano encauzar sabiamente su energía, su inteligencia y sus afectos hacia el camino de su máxima realización personal, en armonía consigo mismo, con Dios y con los demás.

Esto sólo puede acontecer mediante el descubrimiento, dentro de su propio ser, de las leyes del pensamiento. Y tal descubrimiento no es casual, sino que se trata de una cuestión de autoanálisis, aplicación y experiencia.

La Biblia denomina esta experiencia con diversos términos, tales como “arrepentimiento”, es decir, “darse la vuelta”, “conversión”, “volver en sí”, y el resultado como “fruto del arrepentimiento” y “novedad de vida”.

De ahí que debamos atrevernos a vigilar, controlar y alterar nuestros pensamientos, después de analizar y comprobar los efectos que tales pensamientos nos producen a nosotros mismos, a los demás y a la vida y circunstancias en las que nos desenvolvemos, eslabonando las causas y los efectos mediante una paciente autoinvestigación, una observación cuidadosa de nuestros pensamientos, sus causas y  resultados..

A tal efecto tendremos que utilizar todas nuestras experiencias, incluso aquellas que nos parezcan más triviales. Ellas nos permitirán obtener el conocimiento de nosotros mismos y la comprensión de las personas y de las cosas.

En este sentido se cumple la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo: “El que busca, halla; al que pide, se le da; y a quien llama, se le abrirá.”

La paciencia, la perseverancia, la práctica y las oportunidades son las llaves que abren la puerta de acceso al “Templo del Conocimiento”.

Siguiendo esta enseñanza descubriremos también el misterio del efecto del pensamiento sobre las circunstancias.

Sobre eso volveremos a hablar la próxima semana en nuestro boletín “Unánimes”.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.742 – 19 de Noviembre de 2017

El aforismo que dice: “según piensa un hombre en su corazón, así es él”, no sólo comprende la totalidad del ser humano, sino que abarca todas las condiciones y las circunstancias de su vida. Un hombre –varón y mujer- es literalmente como piensa. Lo que denominamos “carácter” es sencilla y llanamente la suma completa de nuestros pensamientos. De la misma forma que toda planta nace de una semilla, así también todos los actos del ser humano nacen de las semillas ocultas del pensamiento. Esto es tan aplicable a los actos que calificamos de espontáneos, es decir, no premeditados, como aquellos otros que ejecutamos deliberadamente. El “acto” es la flor del pensamiento. El gozo y el sufrimiento son sus frutos. De modo que cada uno de nosotros cultivamos nuestros frutos, sean dulces o amargos. El hombre crece siguiendo la Santa Ley de Dios. Y la causa y el efecto es parte de esa Ley Divina. Se encuentra este principio tanto en el interior del pensamiento como en el mundo de las cosas visibles y materiales. De ahí que la nobleza de carácter no sea fruto de la casualidad, sino el resultado natural de un esfuerzo continuado por pensar bien; el fruto de dejarse invadir por los pensamientos de Dios. Siguiendo este mismo proceso, un carácter innoble y bestial es el resultado de dejarse llenar y dirigir por pensamientos contrarios y opuestos a los de Dios. Por consiguiente, nosotros mismos somos quienes nos hacemos o nos deshacemos. En la fragua del pensamiento nos forjamos las armas con las que nos desarrollaremos o nos destruiremos. En esa fragua podemos construirnos estructuras de gozo, fortaleza y paz. Mediante la elección correcta y la igualmente correcta aplicación de nuestro pensamiento, podemos ascender y desarrollarnos.

El abuso y la incorrecta aplicación del pensamiento nos harán descender hasta alcanzar el nivel de las bestias salvajes. Entre estos dos extremos se encuentran todos los grados del carácter. Y nosotros mismos somos nuestros constructores o destructores. El hombre es el dueño de su pensamiento, el modelador de su carácter, y el hacedor y configurador de las condiciones, los ambientes y el destino. Creados a imagen y semejanza de Dios, somos seres de poder, inteligencia y amor. Dentro de nosotros se encuentran todos los recursos transformadores y regeneradores que pueden hacer que seamos lo que deseamos ser. Con la mirada puesta en Jesucristo y el anhelo de andar por sus mandamientos lograremos grandes transformaciones de nuestro pensamiento.  Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.741 – 12 de Noviembre de 2017

Tarde o temprano descubriremos que, como lo hizo el Predicador del Eclesiastés, que la fortuna y la fama no son las grandes cosas de la vida. Lo auténticamente importante es que sema o sinceros con nosotros mismos, con nuestra naturaleza humana, que nos exige bondad, honestidad y generosidad, por cuanto hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. De lo contrario, la paz no será alcanzable e nuestra vida, sino la frustración y el desánimo, y nuestra naturaleza humana se queda flácida y distorsionada.

Importa que aprendamos a compartir la vida con otras personas, en lugar de acumular la vida para nuestro exclusivo consumo. Importa que aprendamos a reconocer los sencillos placeres cotidianos, el trabajo, la comida, la amistad, como verdaderos encuentros con Dios, porque Dios es Amor.

Estos encuentros nos enseñarán que Dios es real, cotidiano y doméstico, a millones de años-luz del “dios” de los libros y manuales de teología sistemática. Y también que nosotros mismos somos reales, no espectros virtuales.

Quizá nada pueda ayudarnos a comprender el gozo y el disfrute de lo pequeño y de lo cotidiano como considerar la fiesta de las Cabañas o Tabernáculos, el hebreo “sukot”, que hace memoria del tiempo en que los israelitas eran agricultores y daban las gracias a Dios en el otoño después de recoger la cosecha, y también para conmemorar la protección del Señor a su pueblo durante los cuarenta años de deambular por el desierto que se extiende entre Egipto y la Tierra Promisoria.

De ahí se deriva la costumbre de construir pequeñas cabañas o chozas en los hogares para reunirse la familia e invitar a amigos a comer frutos de la época. La festividad vincula a las pequeñas cabañas, vulnerables, temporales, como lo es nuestra vida, y los amigos y seres queridos, que quizá no estén entre nosotros tanto tiempo como nos gustaría. Incluso de las hojas cuando caen e inician el proceso de su transformación.

Nuestro Señor se empeña de mil maneras distintas a enseñarnos a disfrutar del presente, lo cual es mucho más importante que hacer planes para el futuro.

No es casual que durante la época de la festividad de Cabañas hayan recomendado los sabios antiguos de Israel la lectura del libro de Eclesiastés.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.740 – 5 de Noviembre de 2017

Cuando falta la meditación en nuestra vida, somos incapaces de resucitar instantes. Esa falta no nos permite vivir el presente en profundidad, y entonces es fácil perderse en el pasado y en el futuro como realidades inconexas. El único momento en que estamos vivos y podemos tocar la vida con todos nuestros sentidos, conocidos y desconocidos, es el momento presente, el aquí y el ahora.

El tambor propaga su sonido porque está abierto… El espejo refleja la imagen porque está abierto… La rueda es redonda gracias a sus ejes y el espacio abierto entre ellos… Construimos casas, pero habitamos en los espacios abiertos entre los muros…

Podemos leer el texto gracias a la apertura dentro de las letras, entre las palabras y entre las líneas, pues de lo contrario el texto sería un gran borrón.

No podemos pretender ser llenados si previamente no nos vaciamos. La meditación es un vaciarse ante la presencia de Dios, quien llena todas las cosas. Si nos inclinamos seremos alzados; si nos vaciamos seres llenados; si nos desgastamos seremos rejuvenecidos; si poseemos poco seremos fructificados, y ese poco convertido en mucho no se perderá si se comparte.

Nos cuesta meditar porque nos falta calma. Hemos olvidado, si es que alguna vez nos lo han enseñado, que la calma es la base de la comprensión y de la percepción justa. La calma es fuerza. Por eso Jesús nos ha dicho que nos deja su paz, que nos la entrega como regalo de su gracia, para que no se turbe nuestro corazón.

Quien consigue descubrir y asumir que su propia verdad es parcial, que está sujeto a error, logrará seguir meditando, desarrollará sentidos desconocidos y respetará a los demás.

No haber seguido ese camino es la causa del fracaso de los sistemas religiosos.

Dijeron los sabios antiguos que la verdad es la morada del sabio; el deber, su camino; la cortesía, su vestimenta; la prudencia, su antorcha, y la sinceridad su sello.

La falta de meditación nos hace mirar en conformidad con los límites de nuestros ojos, a escuchar con los límites de nuestros oídos, y a sentir sólo con los límites de nuestro aliento de vida. Pero la meditación nos abre horizontes en los que el cielo y la tierra se encuentran y se abrazan.

Mucho amor,  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.739 – 29 de Octubre de 2017

La gran tentación, en la que el maligno ha sido vencedor temporal, ha consistido en hacernos caer en la espiral de la supervivencia de los más aptos. La humanidad se encuentra ante el reto del principio de la cooperación. El mundo se encamina a la autodestrucción si continúa viviendo según el principio de la supervivencia de los más aptos, es decir, derrotando a los vecinos en la competencia, en el afán del lucro y la acumulación.

La única esperanza que se nos ofrece es el aprendizaje a convivir con nuestros vecinos, de manera que todos prosperemos. La respuesta es Dios, quien nos da la fuerza que nos impulsa a elevarnos por encima del egoísmo y ayudar a nuestros vecinos, del mismo modo que les inspira a ellos as trascender su egoísmo y ser de ayuda para nosotros.

Dios nos eleva cada vez más, del mismo modo que el Sol hace que las plantas y los árboles crezcan en altura. Dios siempre nos convoca a todos a ser más de lo que éramos antes.

El escéptico y el agnóstico explican el mal que hay en el mundo negando el papel de Dios en los asuntos humanos, pero ¿cómo explican el bien? Luego de explicar la crueldad, ¿cómo explican la generosidad, la amabilidad, el cariño, el valor, el autosacrificio, a menos que Dios esté trabajando con nosotros, del mismo modo que lo hace con el capullo, logrado que éste florezca y revele su belleza interior?

Dios es la respuesta a la pregunta: “¿Qué sentido tiene intentar mejorar el mundo, si los problemas de la guerra, del hambre, la injusticia y el odio son tan enormes y acendrados que en toda mi vida ni siquiera alcanzaré a rascar su superficie?” Dios nos asegura que lo que no logremos en nuestra vida, será completado después de nuestra muerte. Aunque somos mortales, y sólo Dios tiene inmortalidad, y nuestro tiempo en la Tierra sea limitado, la voluntad de Dios es eterna.

Pensar que el hecho de que nuestras buenas acciones sean olvidadas, y que eso les resta valor, carece de sentido cuando reconocemos la eternidad divina. Las buenas acciones jamás serán desperdiciadas, jamás serán olvidadas. Es Dios quien combina las acciones justas de los hombres dándoles una dimensión eterna. Apocalipsis 14:13: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu (Santo), descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.”

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.738 – 22 de Octubre de 2017

Ser humano es una gran cosa. Es lo máximo que podemos ser. Es nuestra máxima capacidad.

Al exigirnos Dios cosas que no demanda de ninguna otra de sus criaturas, está haciéndonos el mayor de los cumplidos.

Estamos todos de acuerdo en que es muy difícil vivir la bondad, dadas todas las distracciones y tentaciones de este mundo, pero es mucho más duro que le digan a uno que no es capaz de ser bueno, y por lo tanto creemos quedar exentos de intentar serlo.

Estas son las grandes preguntas que laten en nuestros corazones:

“¿Qué es lo que hace que mi vida tenga importancia?”

“¿Qué es lo que la convierte en algo más que un fenómeno pasajero?”

“¿Qué es lo que hace que mi vida no sea percibida mientras estoy vivo, y que esté destinada al olvido cuando muera?”

A los profetas se les reveló, y los poetas lo intuyeron, que la vida humana debía ser más que la mera existencia biológica.

Cuando somos felices junto a nuestros seres amados, o realizando nuestro trabajo, cuando amamos y somos amados, cuando experimentamos la generosidad, sentimos que ocurre algo más significativo que el simple hecho de estar vivos. Descubrimos que somos humanos. Y esa sensación es mucho más convincente que la lógica o la filosofía.

Ese es el momento en el que descubrimos que necesitamos a Dios, que no podemos abordar el tema del significado de la vida sin referirnos al Eterno.

Pero ¿a qué peguntas es Dios la respuesta? La mayoría de las preguntas a las que pretendemos que Dios sea la respuesta no son sino trivialidades religiosas. Tristemente, para millones Dios es una especie de “superman” que nos observa, lleva la contabilidad de nuestros pecados, y prepara un informe moral sobre cada uno de nosotros.

Cuando pensamos así, sólo estamos fomentando una religión cimentada en el temor y en expectativas muy poco realistas.

Nuestras vidas son importantes porque estamos sobre la Tierra, no sólo para comer, dormir y reproducirnos, sino para cumplir la voluntad de Dios.

En esa voluntad vamos a descubrir que “ser buenos” y “amar” son una misma cosa. Por eso Dios espera de nosotros que nos dejemos amar para poder amar. Ese es el todo del hombre.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.737 – 15 de Octubre de 2017

Ni los sabios, ni los eruditos, ni los poetas saben definir el amor, a menos que ellos mismos hayan escogido el camino del amor, en cuyo caso no necesitarán definirlo.

Lo más humano que nosotros tenemos que hacer en la vida es aprender a hablar de nuestras convicciones y sentimientos sinceros, y vivir con sus consecuencias.

Este es el primer requisito del amor, y el que nos vuelve vulnerables ante los demás. Por otra parte, nuestra vulnerabilidad es lo único que podemos ofrecer a los otros.

Hemos de asumir que seremos amados durante algún tiempo, y después olvidados. Pero el amor habrá bastado.

Todos aquellos impulsos de amor retornan al amor que los produjo.

El amor es como la materia, que no se destruye sino que se transforma.

El presente es el amor, la auténtica supervivencia y el único significado.

Solamente el amor es resucitable. Por eso Dios resucita a Jesús de entre los muertos, porque todo en Jesús era resucitable.

Si hubieran existido psiquiatras en Jerusalem hace dos mil quinientos años, es muy probable que el “kohelet”, el “predicador” del libro de Eclesiastés, hubiera acudido a uno de ellos con estas palabras:

“Soy infeliz porque siento que en mi vida falta algo. Siento que no soy tan homogéneamente bueno como debería ser…

Siento que estoy desperdiciando gran parte de mi tiempo y mi talento…

Intento continuamente estar a la altura de las normas que me impongo, y a veces me acerco a ellas, pero nunca las alcanzo del todo…

Siento que a pesar de todas las ventajas que tuve, desperdicié mi vida miserablemente…”

El terapeuta le habría respondido poco más o menos así: “Exige usted demasiado de sí mismo. Sea realista y disminuya sus expectativas. Después de todo, usted es sólo humano.”

El Predicador hubiese quedado aún más desilusionado de lo que estaba antes de pedir consejo.

Si hubiera recurrido a Dios, en vez de a los consejeros, habría escuchado la voz del Señor diciéndole: “Déjate amar”.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.736 – 8 de Octubre de 2017

Dijeron los sabios antiguos de Israel que para el justo, un mendigo anónimo es más importante que la visita de la “shejiná”, el resplandor de la gloria de Dios.

Es mejor ser auténtico que tener grandes conocimientos.

El justo se siente responsable del otro sin esperar reciprocidad.

La bondad es la trascendencia del “yo”.

Ahí radica lo humano en el hombre.

El que me libera es el Otro.

Mi obligación frente a mi prójimo es el sentido de mi responsabilidad frente a un rostro.

Un rostro siempre conduce al más allá.

Un rostro es la revelación de lo infinito.

La dimensión de lo infinito se abre a partir del rostro.

El mundo de la Biblia no es un mundo de figuras, sino un universo de rostros.

Lo infinito no es un objeto inmenso que sobrepasa los horizontes de la mirada.

Lo infinito se muestra en mi mirada en la tuya.

Mi idea de lo infinito la da mi relación con mi prójimo.

La ética es la óptica de lo Divino.

El Dios invisible, pero personal, no se puede encontrar fuera de la presencia humana.

¿Acaso no somos imagen y semejanza de Dios?

Fuera de la presencia del hombre no hay Dios, sino sólo idea de Dios.

Ese “dios-idea” sólo puede tener el tamaño de mi cabeza.

Ir hacia Dios no es seguir su huella sino ir hacia los demás que están en esa huella.

Los Mandamientos de la Santa Ley de Dios y la Creación son dos caras de la misma moneda.

No se ordena a quien no tiene la posibilidad de obedecer.

Los sabios antiguos de Israel dijeron que el hombre es llamado por Dios para ser perfeccionamiento del mundo.

Desobedecer ese mandato es el sentido más profundo del pecado.

Si el hombre actúa sin interesarle el mundo, dicho mundo continuará desordenado y vacío, puesto que el hombre ha de cargar con una responsabilidad moral respecto a la Creación misma.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.735 – 1 de Octubre de 2017

Todos los conceptos que empleamos tienen su historia, su fecha de nacimiento y su desarrollo. De ahí que confundir a los empobrecidos de la época bíblica con los pobres de la sociedad industrial sea un craso error. El concepto de “clase” y la conjunción sociopolítica entre los “pobres” y la “clase obrera” hacen inevitable que se plantee también esta cuestión en su plano teológico. Por eso es que los “pobres” en el contexto bíblico son los “empobrecidos”, es decir, los oprimidos en un sentido amplísimo: Los que sufren opresión y no se pueden defender, los desesperanzados, los que no tienen ni esperan salvación. De ahí que el concepto de “pobres” ampara no sólo a los económicamente débiles, sino que es voz que define a todos los desgraciados, los oprimidos, los que saben que están por completo a merced del auxilio de Dios, de nadie más.

Evidentemente, el concepto de “pobres” o mejor de “empobrecidos”, no cabe dentro del sentido sistemático de “clase”. El contexto desborda la clase como aquel conjunto donde se valora al empobrecido solamente desde la eficacia histórica, dejando al margen todo lo no rentable en términos de conquista del poder político y social. Los “pobres” del Evangelio son también los leprosos que viven fuera de la ciudad, aislados y separados de la sociedad. Por eso conviene recordar que el “espíritu de pobreza” significa que también se da la pobreza como opción voluntaria, es decir, como renuncia a adquirir riquezas. De ahí que algunos acierten al traducir “bienaventurados los pobres” por “dichosos los que eligen ser pobres”.

Para nuestro Señor Jesucristo, la miseria de los enriquecidos significa que éstos están expuestos a la máxima amenaza: Mateo 16:26: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿o qué recompensa dará el hombre por su alma?” Es decir, de su ser. De ahí que también a los enriquecidos les alcanza el mensaje de la salvación.

El gran fallo del cristianismo organizado e institucionalizado no ha sido tanto el predicar a los ricos, cuanto el que esa predicación se convirtiera en una confirmación de la posición de “clase” de aquellos. No se trata, pues, de excluir a los enriquecidos de la salvación que se nos ofrece, sino de no haberles advertido en nombre de Dios que ellos son quienes se autoexcluyen, y por eso es necesario liberarse de la riqueza como impedimento para entrar en el Reino. Por la puerta estrecha no cabe un equipaje pesado. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Meses
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