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Nº 1.721 – 25 de Junio de 2017

Dijeron algunos sabios de la antigüedad que nuestra forma de pensar se congela y nos quedamos recorriendo siempre los mismo caminos, y así no progresamos, sino que quedamos paralizados contemplando siempre lo mismo, mirando en la misma dirección, perdiéndonos todo lo que se nos pone delante.

Ese fenómeno se conoce como “paradigma”, vocablo griego que señala hacia un modelo a seguir, lo que nos sirve para la conjugación verbal, entre otras cosas.

Pero si nos quedamos mirando fijamente en una dirección, y no reparamos en todo lo que nos rodea, podemos quedarnos congelados.

Imaginemos que vamos en bicicleta por un camino, y el aire fresco golpea nuestro rostro, mientras alrededor pasan los árboles, las aves, las nubes, los montes lejanos; pero, de pronto, vemos una gran piedra en medio del camino.

Si fijamos toda nuestra atención en la piedra, es decir, en el obstáculo, por más que sólo ocupe un breve espacio en el camino, terminaremos indefectiblemente chocando con ella.

Esta es una experiencia que todos nosotros hemos sufrido cuando aprendíamos a montar en bicicleta.

Pensemos en las muchas veces que descubrimos un obstáculo en la vida, y al asumirlo como si fuera lo único, hacemos nosotros mismo desaparecer todas las demás opciones, dirigiéndonos inmediatamente hacia el obstáculo.

Esto se asemeja muchísimo a lo que algunos han denominado “profecía de auto-cumplimiento”.

Me hace recordar las palabras del Patriarca Job en el capítulo 3:25-26: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía. No he tenido paz, no me aseguré, ni estuve reposado; no obstante, me vino turbación.”

No permitamos que los obstáculos nos impidan progresar desviando nuestra atención, y nos hagan creer que ya no hay salida.

Recordemos las palabras del Apóstol Pablo en Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.”

No devolvamos mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendigamos, por cuanto hemos sido llamados con el propósito eterno de heredar bendición.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.720 – 18 de Junio de 2017

Un principio para la vida y para todas nuestras gestiones es el llamado “KIS”, siglas con las que forma una palabra que nos recuerda el vocablo inglés “kiss”, “beso”.

Las tres letras corresponden a la frase “keep it simple”, cuyo significado es “mantenlo simple”, es decir, no compliquemos las cosas. Y recordemos que lo “simple” es lo que “no tiene doblez”.

Nuestro Señor Jesucristo nos ha revelado que es posible disfrutar de la vida “amando a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, y a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos”.

¿Será difícil amar a Dios?

¿Será difícil amar a nuestro prójimo?

¿Será difícil amarnos a nosotros mismos?

El amor no sólo echa fuera todos los temores, sino que también apaga la llama de todos los conflictos.

El amor simplifica todas las áreas de nuestra vida. Y hay tres cosas que todos podemos hacer si estamos dispuestos a simplificar nuestra vida:

Primeramente, no nos afanemos. Pongamos manos a la obra, pero sabiendo que si hacemos lo que hemos de hacer, nuestro Señor suplirá todas nuestras necesidades. ¿Qué es lo que complica nuestra vida? ¿Qué emociones se disparan cuando sentimos que la vida se nos complica?

En segundo lugar, Seamos nosotros mismos. No transitemos por la vida tratando de ser quienes no somos. Como dijo John L. Mason: “Tú naciste original; no mueras como una copia”. ¿Qué te impide ser tú mismo? ¿A qué le temes?

En tercer lugar, deja el pasado atrás. No podremos alcanzar nuestro futuro si continuamos caminando y recordando las heridas y decepciones del pasado. ¿Qué necesitas hacer para soltar tu pasado? ¿Qué pasos vas a dar para alcanzar la belleza y la sencillez de la vida?

Hoy es el mejor día para comenzar a vivir de una manera sencilla, sin las complicaciones de los dobleces.

Hoy es el mejor día para comenzar a amar y caminar hacia tu destino.

Hoy es el mejor día para comenzar a vivir la vida al máximo. Y ese máximo y ese destino están en Dios.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.719 – 11 de Junio de 2017

“Convierte en peldaños las piedras con que tropiezas”. Así reza un refrán antiguo cargado de sabiduría. Muchos piensan que la vida es complicada, y su fundamento para tal afirmación son los conflictos que atraviesan, las dificultades económicas y otras adversidades semejantes. Pero la mayoría de los enredos que se cruzan en nuestro camino son producto o consecuencia de nuestras propias decisiones. La vida en sí no es complicada en absoluto. Somos nosotros quienes la complicamos. La vida no da tantos problemas. Más bien somos nosotros quienes resultamos ser problemáticos. La vida es sencilla. La vida es para disfrutarla. Por eso la Santa Palabra de Dios afirma que nuestro Señor Jesucristo ha venido para darnos vida, y vida abundante. Nuestro Señor ha venido para darnos libertad, para romper esclavitudes, para simplificarnos la vida, para despejar el camino de los impedimentos y obstáculos que dimanen del pecado. Los mandamientos humanos, los ritos, las tradiciones y las normas impuestas por los religiosos hicieron palidecer a los Mandamientos del Decálogo. Y hasta el día de hoy, muchos amados hermanos continúan sin distinguir entre los Diez Mandamientos  -el Decálogo, la Santa ley de Dios, perfecta, justa y eterna- y las leyes ceremoniales, de valor temporal.

Hay quienes creen que cuanto más difíciles y complicadas son las reglas, mejores serán para los hombres. Sin embargo, todos sabemos o deberíamos saber que la proliferación de las leyes induce al incumplimiento de las mismas. Jesús nos ha revelado que es posible disfrutar de la vida siguiendo dos mandamientos claros y sencillos, en los que se sintetizan el espíritu de todos y cada uno de los Diez Mandamientos y las enseñanzas de todos los profetas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.” De esos dos mandamientos, como la cara y la cruz de una moneda, se desprende toda la Ley y los Profetas. El amor es la llave que abre la puerta que permite disfrutar de la vida. Cuando amamos dejamos de complicarnos la vida, ni tampoco complicamos la vida de los demás. Cuando amamos buscamos el bien, y dejamos de tener pensamientos inadecuados acerca de nosotros mismos y de los demás. Cuando amamos podemos correr libres de cargas, de temores y de preocupaciones. Por eso nos dice la Biblia que el amor echa fuera el temor. Todo pasará, pero el amor nunca dejará de ser, por cuanto Dios es Amor.  Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.718 – 4 de Junio de 2017

Este es el día que hizo el Señor.

Este día es para ti.

Mañana, con el favor de Dios, también lo será.

Dios ha prometido aumentar nuestras fuerzas.

Sólo tenemos que levantarnos y ser valientes.

Joel 3:10:

“Forjad espadas de vuestros azadones,

Lanzas de vuestras hoces,

Y diga el débil: ¡Fuerte soy!”

Salmo 91:2:

“Diré yo al Señor:

Esperanza mía y Castillo mío,

Mi Dios en quien confiaré.”

Proverbios 18:10:

“Fuerte Torre es el Nombre del Señor;

a ella corre el justo

y se siente seguro.”

2º Samuel 22:2:

“El Señor es mi Roca, mi Fortaleza

y mi Libertador.

Mi Dios, mi Roca en quien me refugio;

Mi Escudo y el Cuerno de mi Salvación;

Mi Altura inexpugnable y mi Refugio;

Salvador mío,

Tú me salvas de la violencia.”

Salmo 61:3:

“Llévame a la Roca que es más alta que yo,

porque tú has sido mi Refugio

y Torre Fuerte delante del enemigo.”

Proverbios 14:26:

“En el Temor del Señor está la Firme Confianza,

la Esperanza para sus hijos.”

Proverbios 29:25:

“El temor al hombre es un lazo,

pero el que confía en el Señor estará seguro.”

Mantengamos nuestras metas a la vista hoy y siempre, y procuremos alcanzarlas.

Puede que estemos mucho más cerca de conseguirlas de lo que imaginamos. Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.717 – 28 de Mayo de 2017

Le preguntaron a una hermana muy enferma si quería morir o vivir, a cuya pregunta respondió que ella siempre aceptaría lo que Dios quisiera.

Insistieron en la pregunta, replanteándosela: “Si Dios lo dejara a su voluntad para decidir, ¿qué escogería?”

La hermana respondió: “Si Dios me dejara escoger, yo le volvería dejar a Él decidir.”

Esta es una actitud verdaderamente hermosa y admirable: Saber que Dios es quien tiene la última palabra en todo momento, incluso estando al borde de la muerte.

Muchos hermanos han sido erróneamente enseñados a creer que la voluntad de Dios es como jugar a la búsqueda de un tesoro que Dios hubiera escondido para que nosotros luchemos arduamente por descubrir dónde se encuentra.

Millones creen que el Señor nos propone buscar su voluntad como si estuviéramos jugando al “ratón y al gato”.

Ese es uno de los muchos engaños del maligno, quien siempre procura, de manera más o menos sutil, deteriorar la imagen de Dios.

Nuestra tarea NO es buscar la voluntad de Dios. La tarea de Dios es revelarla, y la nuestra es ser receptivos y estar listos para recibirla, acogerla y obedecerla.

La Biblia nos lo recuerda asegurándonos que Dios nos hará entender su voluntad si nuestra disposición es la de ponerla en la práctica.

Salmo 32:8: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.”

Salmo 143:10: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud.”

Mateo 6:10: “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”

“Hágase tu voluntad”: Esa es la clave fundamental para comprender que no estamos ante un jeroglífico difícil de interpretar, sino que la voluntad de Dios es revelada por el Señor, y que lo que nos corresponde a nosotros es anhelar esa voluntad en nuestra vida con actitud de recibirla y cumplirla bajo su gracia y providencia.

Recordemos las palabras de nuestro bendito Señor y Salvador ante las puertas de su pasión: Lucas 22:42: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.716 – 21 de Mayo de 2017

La risa es un fenómeno verdaderamente risueño, valga la redundancia.

No sólo es un recurso gratuito, aunque a algunas personas les cueste mucho dibujar siquiera una sonrisa en sus labios, sino que también pertenece a la clasificación de lo que podríamos denominar  “energías renovables”.

Hay quienes procuran no sonreír para que no les salgan arrugas en el riostro. ¡Pobres!

La risa, entre muchos otros beneficios, puede actuar como  elemento equilibrador de nuestras fuerzas tras un día agotador, ayudando a que vuelva la energía al espíritu decaído.

La risa también alivia la pesada carga de la tristeza, el dolor y el sufrimiento.

No hay un aburrimiento tedioso de mayor calado que la ausencia de la risa.

Además, la risa posee en sí una tasa de rendimiento realmente insuperable.

Podemos obtener resultados muy positivos cuando nos reímos “con otros” en lugar de hacerlo “de otros”.

También conviene tener presente que debemos comenzar por procurar reírnos en ocasiones de nosotros mismos.

Las Sagradas Escrituras contienen muchos textos sobre los beneficios que se derivan de la alegría, del espíritu gozoso y del ánimo elevado.

Vamos a ver unos ejemplos:

Proverbios 17:22: “El corazón alegre constituye un buen remedio (literalmente “un buena medicina”), pero el espíritu triste (literalmente “el espíritu quebrantado”) seca los huesos.” Hoy diríamos, acelera la artrosis.

Salmo 22:14-15: “He sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mí. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar.”

Proverbios 18:14: El ánimo el hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?”

El humor es una de las capacidades con que Dios ha dotado al ser humano.

Cuando es humor sano transmite sanidad, controla la preocupación y alivia las cargas de la tristeza.

Necesitamos aprender a reír más y más frecuentemente.

Mucho amor.  Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.715 – 14 de Mayo de 2017

Los científicos dicen que no puede ocurrir. La teoría de la aerodinámica es muy clara. Los abejorros no pueden volar por causa de su tamaño y la forma de su cuerpo, el cual no está constituido en relación con las dimensiones de sus alas. Esto hace que aerodinámicamente no pueda volar.

Se trata de un insecto demasiado pesado, ancho y largo para volar con unas alas tan pequeñas. Esa es la conclusión del científico sobre el diseño del abejorro. Y, sin embargo, el abejorro vuela.

Cuando Dios nos diseñó,  fuimos creados y equipados para vivir la vida que tenemos por delante. El Señor conoce los planes que tiene para nuestra vida.

Dios creó al abejorro y lo enseñó a volar. Y evidentemente el abejorro nunca le ha preguntado a Dios por los problemas de las aerodinámica.

El abejorro sencillamente voló. Tampoco le preguntó a Dios si sabía lo que estaba haciendo. Simplemente voló.

No le preguntó a Dios si lo amaba al darle unas alas muy pequeñas. Pero el abejorro voló, y lo sigue haciendo.

Dios ha prometido estar con nosotros, enseñarnos, guiarnos, ser nuestra roca. Todo lo que nosotros tenemos que hacer es confiar y obedecer.

Dios no está limitado por nuestra comprensión de cómo suceden las cosas. Sólo porque no veamos algo, no significa que no sea real.

Por eso nos dice la Biblia que la fe es la substancia de las cosas que no se ven. A veces la vida es inexplicable y sucede lo aparentemente imposible.

Necesitamos ser suficientemente humildes para admitir que no siempre podemos explicar las cosas.

Y el hecho de que no podamos comprender cómo se hace algo, no significa que el Dios Creador, Todopoderoso y Sustentador del Universo no pueda hacerlo.

Así podemos aproximarnos ampliamente a las palabras del Apóstol Pablo, cuando escribe a los cristianos de Filipos, y les dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

La pequeñez de nuestras alas no va a poder impedir que volemos.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.714 – 7 de Mayo de 2017

Muchos se han preguntado en el curso de la historia cómo sería el semblante de Jesús de Nazaret…

Cómo sería su piel, el color de sus ojos y de sus cabellos, el timbre de su voz…

Los pintores y los escultores han procurado interpretar a Jesús plasmándolo sobre los lienzos y esculpiéndolo en las piedras.

Pero pocos han sido quienes han encontrado la imagen de Jesús que Él mismo nos ha dejado en el Evangelio, cuando nos dijo que “tuvo hambre, y le dimos de comer; tuvo sed, y le dimos de beber, fue forastero, y le recogimos, estuvo desnudo, y le cubrimos, enfermo y en la cárcel, y le visitamos…”

Y  a la pregunta de cuándo le vimos así, Jesús respondió diciéndonos:

“De cierto os digo que, en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”

Nuestra vida es un viaje hacia la eternidad, un peregrinar hacia el Cielo.

Nuestra vida es un camino hacia el encuentro con Dios nuestro Hacedor.

Ese caminar es la oportunidad que recibimos para realizar toda nuestra condición humana.

Si somos niños, no queramos actuar como jóvenes; si somos jóvenes, no queramos actuar como adultos; si somos adultos, no queramos actuar como jóvenes.

En cada momento de nuestra vida, vivamos su riqueza y su novedad.

Guardemos la identidad de nuestra edad, ya seamos varones o mujeres.

Vivamos la plenitud de la etapa de la vida en que nos hallemos, sin miedo de pasar a la siguiente cuando llegue su momento.

Pero sobre todo, asegurémonos de llevar consigo el “pasaporte” al Cielo: La sangre de Cristo Jesús derramada por nosotros en aquella Cruz del Calvario, donde nuestro Redentor ocupó nuestro lugar de juicio y castigo.

En ese “pasaporte” aparecerán también las firmas de aquellos hermanos menores con quienes compartimos las bendiciones recibidas de la bondad divina.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.713 – 30 de Abril de 2017

Jesús de Nazaret siempre hizo obras buenas. No hubo en Él sombra de pecado o de maldad.

Podemos resumir la vida de nuestro Señor y Salvador como una vida de entrega absoluta a los demás.

Por eso, en una ocasión interpeló a los fariseos preguntándoles: “¿Por cuál de mis obras me queréis apedrear?”

Así fue en la vida de Jesús, y así puede ser también en nuestra propia vida.

Podemos haber hecho obras buenas, favores desinteresados, donaciones, trabajos por los demás… Y, sin embargo, puede que nos quieran apedrear.

Y no pensemos que esto es algo extraño o inusual, sino bastante frecuente.

No es fácil hallar a personas con un corazón agradecido, sino, antes bien, quienes fácilmente olvidan los beneficios recibidos.

Por eso, es importante que cuando nos hallemos ante la reacción ingrata de parte de aquellos a quienes hayamos beneficiado, no permitamos que la amargura anide en nuestros corazones, o que como raíz se extienda y contamine a otros.

En el momento de la prueba, cuando a cambio de nuestro amor recibamos las piedras de aquellos a quienes bendijimos, volvamos la mirada a Jesucristo nuestro Señor, experto en tribulación y angustia, quien nunca maldijo a sus enemigos, sino que los bendijo hasta el último momento de su vida física entre nosotros.

Hay un camino sencillo para asemejarnos a nuestro bendito Redentor: Bendigamos a todos, comprendidos también aquellos que no nos aman, o que incluso nos odian, y comprobaremos que los resultados son maravillosos e inimaginables.

No olvidemos que nuestro Señor entregó su vida en aquella Cruz del Calvario orando a su Padre, y Padre nuestro que está en los Cielos, intercediendo por los que le habían martirizado hasta la muerte, pidiéndole al Eterno que los perdonara, porque no sabían lo que hacían.

Recordemos que Dios nos ha creado para sí, y también para dejar huellas en el camino de la vida.

Nadie pasa por la vida sin dejar huellas a los ojos del Dios Eterno. Y hay mucho gozo en el corazón del Señor por aquellos que anuncian la paz y comparten la felicidad, aunque a cambio reciban pedradas de ingratitud.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Nº 1.712 – 23 de Abril de 2017

La ley de la selva ha llegado a imponerse en nuestras ciudades. Millones ignoran que antes que vecinos somos hermanos…

Pocos, muy pocos, reparan en la realidad de que somos hijos de un mismo Dios…

La humanidad no está formada por varias familias, sino que todos pertenecemos a una sola.

Y, sin embargo, tenemos que defendernos los unos de los otros…

Hemos llegado a vivir entre rejas y tras puertas blindadas.

Pero en nuestro interior existen semillas de bondad, de alegría, de sencillez, de amor, que nuestro Padre Dios nos ha regalado para que podemos sembrarlas en el polvo reseco de la ciudad, en los corazones de asfalto, en la contaminación del aire y del agua.

Puede sonar a locura, pero podemos confiar en que un día darán fruto, el del corazón de quien nos las regaló para que las sembráramos.

En medio de toda la maldad, Dios sigue siendo bueno, y continuará siéndolo por toda la eternidad.

Por eso Él hace salir el sol sobre buenos y malos, y su lluvia sobre justos e injustos.

La bendición de Dios recae sobre todos; su día no amanece solamente para unos, sino para todos.

Viste a los lirios y da comida a las aves, que ni tejen ni acumulan en graneros.

Dios es tan misericordioso que nunca espera que le demos nuestro reconocimiento para seguir dándonos el aliento y la luz.

La mayor alegría divina es nuestro descubrimiento de que el corazón nos fue dado para amar, y en él se halla nuestra verdadera identidad.

Nunca permitamos que se albergue en nuestro corazón aquello para lo que no fue diseñado, como el odio, la envidia o el rencor.

Cuando esos huéspedes extraños, ajenos, pasan a residir en nuestros corazones, comenzamos a sangrar, nos miramos unos a otros como si no fuéramos miembros de la misma familia, y añadimos cerrojos y puertas blindadas, no ya a nuestras casas, sino a nuestros propios corazones.

El reloj nos ayudará a no olvidar la hora; el calendario, a no olvidar la fecha; el diccionario, a no olvidar el significado de las palabras; pero el Evangelio nos ayudará a no apartar la mirada de Cristo.

Mucho amor.

Joaquín Yebra,  pastor.

Meses
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