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Nº 1471 – 2 de Septiembre de 2012

Siempre escuché decir que la letra con sangre entra, pero he podido comprobar que la letra entra con amor y con mucha paciencia.

También me dijeron que quien bien te quiera, te hará llorar, pero resulta que la vida me ha enseñado que quien bien te quiere te hace feliz.

También me dijeron que las grandes verdades son como puños, pero mi constatación ha sido que las verdades auténticamente grandes son como caricias.

En mi casa oí decir que quien da se queda sin dada, pero en mis 67 años de vida –si Dios me lo concede tendré 68 dentro de 15 días- he podido verificar que el sabio no atesora, sino que, cuanto más comparte, más tiene.

¡Nos han contado muchas mentiras y más medias verdades que nos hemos tragado sin masticar!

El camino del sabio es hacer y no porfiar. El hombre sabio procura no discutir, y el discutidor y disputador arrogante no es sabio en absoluto.

Decían los sabios antiguos que el mayor defecto del hombre es la ignorancia, y que para vencerla se requiere sólo, única y exclusivamente sabiduría, y que el inmejorable método para adquirirla es el esfuerzo.

La Sagrada Escritura no sólo nos presenta el esfuerzo, de ahí la importancia de escudriñar la Palabra de Dios, sino que también nos propone la petición a Dios nuestro Señor, por cuanto Él está dispuesto a derramar esa sabiduría que el mundo no puede ofrecer: La sabiduría que viene de lo alto, que no es animal y diabólica, sino pura, limpia, piadosa y llena de bendiciones para los hombres.

Para recibir esa sabiduría que el propio Señor nos insta a que le pidamos sólo hemos de abandonar nuestros apegos, comenzando por el “yo”, y anhelar la devoción a la verdad.

Para quien posee percepción, basta un signo. Para quien no está atento, porque no tiene oídos para oír, mil explicaciones no le bastarán.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1470 – 26 de Agosto de 2012

La prueba decisiva de nuestro carácter cristiano se halla en la superación de lo negativo.

Creemos que la superación, pues, de todo negativismo se encuentra en la Cruz de Cristo, en su significado y en su victoria.

Ahora bien, el seguimiento de la Cruz de Jesucristo no tiene absolutamente nada que ver con la adoración o veneración de un instrumento cúltico-litúrgico, sea del material que sea, ni la interiorización mística separadora de la realidad inmediata, sino, antes bien, significa correspondencia práctica. Es más, creemos que el verdadero místico está muy firme con sus pies a ras de suelo, sin relación alguna con el escapismo fraudulento.

La llamada al discipulado cristiano es una convocatoria a vivir una vida crucificada con Cristo, en la que, como dijo el Apóstol Pablo, “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Seguir la Cruz de Cristo es seguir a Jesús de Nazaret. Es imitación ética de la vida de Aquel que nos amó sin merecerlo, y que entregó su vida en rescate por la nuestra.

Tristemente, he leído a teólogos tenidos por algo que enseñan que el seguimiento de Jesucristo no significa la copia fiel del modelo de la vida del Maestro, predicación, muerte y resurrección. A sus “monaguillos” de por aquí también se lo he oído. Además de profunda tristeza, he sentido también la nausea que repugna semejante enseñanza, que ha penetrado incluso en algunas instituciones teológicas de ese mundo que sigue llamándose “evangélico”. Ahí creemos que se halla la raíz de la pérdida de la mística y de la espiritualidad en el protestantismo burgués.

Sí, efectivamente, la Cruz es un desafío, es un reto a seguir en el camino de Jesús tanto las alegrías como los dolores. No buscando el dolor, sino soportándolo; no sólo soportándolo, sino combatiéndolo; y no sólo combatiéndolo, sino transformándolo.

¡Atrás el mundo, la Cruz delante! ¡No volvemos atrás!

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

Nº 1469 – 19 de Agosto de 2012

Muchos he conocido en el curso de mis cuarenta años de ministerio pastoral que me han preguntado por la iglesia verdadera. Pensaban en un club al que pasar a formar parte adquiriendo su membresía, quizá con cuota y carnet con sello de caucho, a la antigua, o con foto digital “modelna”.

Generalmente su interés se había centrado en una confesión de fe expresada mediante artículos llenos de términos abstractos que casi nadie termina por entender. Pero pocos, por no decir nadie, me ha mostrado interés por el que creemos es el determinante absoluto para la iglesia universal, y para las comunidades de fe en las que nos agrupamos y congregamos los cristianos. Ese determinante es la obediencia existencial a Jesús de Nazaret.

Si cambiamos la expresión “iglesia verdadera” por “iglesia fidedigna”, creo que las cosas quedan más clarificadas. Somos fidedignos, dignos de fe, cuando caminamos en pos de Jesús el Cristo como iglesia transitoria, en acto de servicio a Dios y a los hombres, conscientes de nuestros pecados, pero seguros de que nuestro Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, cuando se los confesamos con sinceridad, y no sólo perdonarnos, sino limpiarnos de toda maldad.

Somos “iglesia fidedigna” cuando somos conscientes de que no vamos a encontrar nuestra meta en nosotros mismos, por cuanto la iglesia no existe para sí, sino que la meta es el Reino de Dios. Por consiguiente, la iglesia es fiel y verdadera cuando proclama el mensaje de Jesús, cuando busca andar en sus pisadas, cuando anhela la llenura del Espíritu Santo como en Pentecostés, hasta rebosar, cuando es consciente de que no es el Reino de Dios, y mucho menos un reino de este mundo.

Una comunidad de fe es, igualmente, fiel al Señor cuando se mantiene fiel a Jesucristo, se rinde a su presencia soberana por la Persona del Espíritu Santo, mientras Jesús en carne glorificada, como Sumo Sacerdote del orden de Melquisedec, intercede por nosotros en el Santuario Celestial. La iglesia no es la meta. La iglesia es el agente del Reino de Dios en esta tierra. La iglesia está en camino. La iglesia somos tú y yo.

¡Venga ese Reino tuyo, caray!

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

 

Nº 1468 – 12 de Agosto de 2012

Jesús de Nazaret es para los cristianos un llamamiento al arrepentimiento, voz malentendida por casi todos. Arrepentirse es darse la vuelta, como cuando alguien sale a nuestro encuentro y nos asegura que vamos por un camino equivocado, o que conduce irremediablemente a un precipicio.

Jesús es también un reto que Dios en su misericordia pone delante de nosotros. Nuestro Redentor nos asegura que podemos, que su amor actuará como un acicate poderoso para seguir adelante, para ser hombres y mujeres de verdad.

El Señor nos advierte del peligro de confundirle con un vendedor más de religión, de los muchos que han salido por el mundo desde tiempos inmemoriales. Jesús no nos llama a seguir una religión nueva, un sistema religioso superior a los demás, sino que nos presenta un camino desde el que ver la vida de modo diferente. Y no sólo eso, sino verificable en diversas formas.

Jesús nos facilita una nueva orientación, absolutamente imposible de desligar de su Persona; un seguimiento en el que brotan a cada paso nuevas motivaciones, disposiciones y acciones; un camino enlosado con obras buenas y dignas que el  mismo Señor ha puesto delante de nosotros para que caminemos por ellas.

El Señor nos ha puesto delante también una meta nueva. Se trata del Reino de Dios, de la voluntad divina, no sólo para la vida y la acción, sino también para el dolor y la penuria.

Por eso es que repudiamos todos los planteamientos en los que la iglesia dominada por los hombres usurpa el lugar que le corresponde sólo, única y exclusivamente al Reino de Dios. Detestamos los esfuerzos para que la iglesia obtenga un lugar de reconocimiento y privilegio en el mundo, por cuanto jamás veremos a nuestro Señor Jesucristo procurar semejante status en las páginas del Evangelio.

El Reino de Dios está entre nosotros latente. Se hará patente en la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. Esa es nuestra meta final, la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. ¡Ven, Señor Jesús!

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1467 – 05 de Agosto de 2012

Dondequiera que haya un hombre dispuesto a extender su mano de ayuda a otro hombre, allí estará presente el Santo Espíritu de Dios.

Dondequiera que haya hombres dispuestos a liberar a sus hermanos atados, allí hará presencia el Espíritu Santo.

Dondequiera que haya hombres que no retienen las riquezas porque saben que hay quienes no pueden comer, allí se manifestará el Santo Consolador.

Dondequiera que haya flores que no niegan su aroma a quienes las arrancan, allí estará el Paráclito.

Dondequiera que haya hambrientos que comparten su plato, allí habrá aroma divino, olor a pan partido.

Dondequiera que se compartan alegrías y penas, allí sonará el canto de los ángeles de Dios.

Dondequiera que haya hombres y mujeres que liberan aves enjauladas, allí habrá fiesta.

Dondequiera que haya hombres dispuestos a considerar lo acumulado como agua en sus manos, cesará la necesidad de los empobrecidos y no se detendrá la abundancia para todos.

Si tratamos de acumular y retener, caeremos en la espiral de creer que la felicidad tiene precio y cotiza en bolsa.

Si tratamos de atrapar la felicidad y retenerla, se escapará y desaparecerá.

Si dejamos la felicidad en alas de la libertad, será nuestra para siempre en compañía de muchos otros compañeros de viaje.

Vemos las cosas, no como en realidad son, sino como nosotros somos. Por eso hay tantos buscadores de libertad que están profundamente enamorados de sus cadenas. Otros lo están de sus dolores y enfermedades.

El optimista ve la rosa sin sus espinas. El pesimista ve las espinas sin la rosa. La rosa no se contempla a sí misma.

¡Cuidado con el espejo, que nos da una visión al revés de la realidad!

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1466 – 29 de Julio de 2012

Sólo podemos ver en los demás aquello que hemos visto en nosotros mismos.

Por eso es que quien no ve a los otros es porque no ha mirado dentro de sí, porque vive de la apariencia de si mismo, de la superficialidad de su piel; porque no hay en él o en ella retrospección ni introspección.

No podemos amar a los demás si no nos amamos a nosotros mismos. Esa es la medida veraz.

Si vivimos guerreando con los otros es porque hay una guerra en nuestro interior.

Como dijeron los sabios antiguos, “un momento de mente iracunda puede quemar toda la bondad acumulada durante innumerables etapas de nuestra vida.”

Dijeron los sabios antiguos que hay tres cosas que actúan como ácidos corrosivo en el corazón de los hombres: La ira, la avaricia y el abuso de la autoestima.

Ahí radica la razón por la que precisamos ser saturados con el Santo Espíritu de Dios, para que nuestra ira se convierta en paz, nuestra avaricia en amor y nuestra estima no sea mayor que lo que debe de ser, para lo cual hemos de considerar a los demás como superiores a nosotros mismos.

Dijo el sabio antiguo: “Busqué mi alma, y a mi alma no la pude ver; busqué a mi Dios, y mi Dios me eludió; busqué a mi hermano, y encontré a los tres”.

Jesús no nos ha dejado ni libros, ni monumentos, ni palacios, ni ninguna de las cosas perecederas de la vida. Su herencia es bien conocida: “La paz os dejo; mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.”

Esa es nuestra herencia como discípulos del Señor. Es de incalculable valor. Nadie nos puede robar semejante joya. Tampoco puede caer en las redes del mercantilismo. Nada puede superarla, por cuanto Dios es amor, y el amor nunca deja de ser.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1465 – 22 de Julio de 2012

El distintivo de la acción cristiana es el seguimiento de Jesucristo. No se trata de creer cosas acerca de Él. Ni aprendernos de memoria todos los pasos, acciones y palabras del Maestro. Se trata de seguirle o no seguirle. La verdadera fe es praxis, seguimiento, obediencia. Todo lo demás es subterfugio que sólo ha servido para sangrientas luchas intestinas de la iglesia y las iglesias durante muchos siglos. Por el camino han ido quedando muchos muertos, heridos y escandalizados.

Jesús de Nazaret es la encarnación del Verbo, y el Verbo es Dios. Jesús es Dios con nosotros. Todo en Él es encarnacional. Y nuestra llamada es igualmente encarnacional, lo que significa una nueva forma de ser, un misterio inexplicable racionalmente, entiéndase con nuestra limitada cabeza.

Aquí no hay lugar para espacios abstractos, ni para sistema alguno de preceptos. Se trata de vida, de relación, de vinculación radical con el Resucitado.

Pero cuando los agentes dominadores de la iglesia entraron a saco, la doctrina de Jesús dejó de ser vida y relación para convertirse en dogma, en artículo de fe, en filosofía platónica, en ideología institucional. Y así sigue siendo en muchos círculos autodenominados “cristianos”, algunos con aspiraciones de universalidad o de poseer toda la verdad; y, por consiguiente, con una historia a sus espaldas cubierta de sangre de víctimas inocentes. ¡Qué repugnancia! Sobre todo cuando semejantes tropelías y desmanes se han llevado a cabo invocando el nombre de Dios.

Como hemos afirmado en varias ocasiones, y procuraremos seguir haciéndolo, la doctrina de Jesús de Nazaret no es separable de su Persona, de su vida, de su cercanía, de su comunión, de su Espíritu. Por eso nos  envía al Consolador para no dejarnos huérfanos.

Así resulta que seguir a Jesús no es un deber, sino un poder. De ahí la trascendencia de la presencia de la Persona del Santo Espíritu del Padre y del Hijo en nuestras vidas.

Ese es el atractivo de Jesús. Como dijeron los antiguos: “Verba docent, exempla trabunt”, es decir, “las palabras adoctrinan, los ejemplos arrastran”.  Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1464 – 15 de Julio de 2012

La vida del hombre es efímera, rápida, sutil. Todo en la Creación es como una llama vacilante, como una sombra, como un eco.

Sólo el tiempo que nosotros hemos aprendido a medir, no el tiempo absoluto, que desconocemos qué es, es diferente para cada criatura. Las estrellas son más duraderas que la vida de un hombre, e incluso que la de todos los hombres.

Nosotros somos como estrellas de muy corta duración; como nieblas pasajeras y llamas de vela; como espejismos, gotas de rocío y burbujas en un torrente; como las pompas de jabón con que juegan los niños; como relámpagos entre nubes estivales; como sueños  diurnos.

La vida del hombre es un viaje muy rápido, a veces incluso precipitado.

Concebir a todo el efímero mundo de esa manera será siempre una inmensa ayuda para no caer en la trampa de los apegos que nos esclavizan y nos impiden disfrutar de la libertad.

Comprender la naturaleza ilusoria de las cosas, aunque no lo podamos razonar, nos ayudará a asumir que no podemos demostrar que la esencia de la jarra es algo distinto de la arcilla de la cual está hecha. Así es como podemos asumir que la jarra ha sido imaginada por la ilusión, mientras que la arcilla es la realidad básica.

Siempre será más fácil perdonar cuando nos sabemos y sentimos perdonados.

Siempre será más fácil amar cuando nos sabemos y sentimos amados.

Siempre será más fácil sentir nuestra medida cuando abramos nuestros ojos al universo externo, aunque nos veamos como una diminuta gota de agua en el océano, y después cerremos nuestros ojos para mirar dentro de nuestro universo interior, y nos sintamos como una burbuja que surge en el mar del corazón. Apaga todos tus cachivaches que tengan “on” y “off”, y abre todos tus poros al Espíritu de Dios.

Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1463 – 8 de Julio de 2012

 

Anthony de Mello escribió un breve relato en el que un gran sabio, premio Nobel, se disponía a dictar una conferencia que había sido profusamente anunciada con el título “La Destrucción del Mundo”.

Asistió mucha gente, y entre ellos también los grandes líderes mundiales. Todo apuntaba a una larga conferencia saturada de datos estadísticos y revelaciones científicas. La expectación era grande. Todos los medios de comunicación estaban presentes.

Cuando el sabio accedió al frente todos quedaron sorprendidos al comprobar que llevaba sus manos vacías, sin notas, sin un solo papel. Tras un breve silencio, el sabio abrió sus labios y dijo pausadamente:

“Estas son las seis cosas que acabarán con la raza humana:

La política sin principios; El progreso sin compasión; La riqueza sin esfuerzo; La erudición sin silencio; La religión sin riesgo; Y el culto sin consciencia.”

Después de retirarse, el silencio debió ser espeso, pesado, cortante, y seguramente nadie se levantó de su asiento hasta que pasaran algunos momentos.

Hay mucha vanidad e hipocresía, decrepitud y muerte dentro de nuestros armazones óseos cubiertos de carne y sangre. No fuimos diseñados para semejante carga.

Por eso es que cuando somos niños nuestro cuerpo es blando, pero según nos vamos acercando a la muerte nos volvemos duros y rígidos.

En eso nos parecemos mucho a las plantas, flexibles y tiernas mientras están vivas, pero endurecidas y secas cuando están muertas. ¡Pensar que el poste de la luz o del teléfono –de éstos ya quedan pocos- fue un día un árbol verde!

La dureza y la rigidez son características de la muerte. La flexibilidad y la blandura lo son de la vida. Por eso las armas son duras y afiladas.

Más flexibilidad. Más amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

Nº 1462 – 1 de Julio de 2012

Perdonar es una forma de creatividad que convierte al perdonador en verdadero artista.

Perdonar es generar una nueva vida y gestar nuevas alegrías y nuevas posibilidades, en nosotros mismos y en los demás.

Es tan urgente y necesario perdonar, que nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo nos ha pedido que lo hagamos setenta veces siete cada día, es decir, hasta el infinito, por cuanto también tú tienes necesidad de ser perdonado.

Como dijo  Khalil Gibrán, “es virtuoso aquél que no se absuelve a sí mismo de las imperfecciones de los demás.”

Si conservamos la paz del Señor en nuestro corazón, no se suscitará litigio, y no tendremos necesidad de perdonar porque no nos sentiremos fácilmente ofendidos.

Si renunciamos a las metas mundanas, también nos resultará más fácil evitar la ofensa, hallar luz dentro de nosotros mismos y encontrar libertad en la verdad.

Si queremos que llueva tendremos que comenzar por plantar árboles. Si mantenemos un árbol verde en nuestro corazón, existirá la posibilidad de que un ave cantarina se pose en él.

Si queremos encontrar cartas en nuestro buzón, tendremos que empezar por escribir nosotros algunas.

¡Cuidado con complacernos compadeciéndonos a nosotros mismos, con acariciar nuestras heridas y fatigarnos centrados en nuestro propio ombligo!

Nada puede sacarnos de la cárcel que existe entre el pecho y la espalda como perdonar.

No hay un mayor descanso posible que el que se experimenta al perdonar.

Es el desnudo donde el alma halla su quietud y reposo; donde, como dijo Juan de la Cruz, “nada fatiga hacia arriba y nada oprime hacia abajo, porque se halla en el centro de la humildad; porque, cuando algo codicia, en eso mismo se fatiga.”

Mucho perdón. Mucho amor. Joaquín Yebra, pastor.

 

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